FUJISTAR

jueves, 11 de marzo de 2010

º FARIÑAS EN CUBA (Diario "La Primera" 11/03/10)

Guillermo Fariñas Hernández es periodista y licenciado en psicología. Tiene 48 años y es cubano.

Fue, hasta hace algunos años, un militante del Partido Comunista de Cuba. De niño había sido “pionero”, es decir infante marxista-leninista, con pañoleta roja al cuello y todo.

En su juventud fue, además de un buen basquetbolista, integrante de la Unión de Jóvenes Comunistas. Peleó en la guerra de Angola, demostró coraje excepcional en algunas de las batallas libradas en contra de los mercenarios imperialistas que combatían bajo el paraguas de Unita y el autodenominado Frente Nacional de Liberación, y fue varias veces condecorado por el régimen de Castro gracias a su temeridad como integrante de los Comandos de Demolición, Penetración y Sabotaje que acosaban la retaguardia del enemigo.

En una de esas acciones Fariñas recibió dos balazos: uno en un muslo y otro que le rozó la columna vertebral tras ser desviado por una cantimplora.

Más tarde fue parte del Batallón de seguridad de las Embajadas y fue uno de los guardias que custodiaba la embajada peruana el día en que un ómnibus rompió la tranquera de seguridad e ingresó a esa sede, originando la famosa crisis que terminaría en el puerto de Mariel.

Con todo ese pasado, sin embargo, Fariñas ahora está en huelga de hambre y es considerado un apátrida, un traidor y un asalariado de los Estados Unidos por la prensa oficial cubana.

Desde el 24 de febrero este afrocubano alto y magro de carnes está en huelga de hambre. Protesta de esa manera por lo que considera “la inhumanidad” del régimen castrista en contra de los presos políticos y demanda, de manera específica, la liberación de 26 de esos prisioneros de conciencia “dadas las precarias condiciones de salud que padecen”.

¿Qué puede convertir a un comunista en un disidente dispuesto a morir por lo que defiende? ¿Cómo se llega del fervor al odio, de la adhesión a la declaratoria de guerra? ¿Qué empujó a Fariñas a esta situación y a declarar a la BBC de Londres, como declaró ayer, que su muerte “demostrará la convicción de la oposición cubana”?

Aclaremos: esta es la decimocuarta huelga de hambre de Fariñas, convertido en un símbolo del radicalismo disidente y del drama sin salida que enfrentan, por ahora, los desafectos. Pero hay indicios de que, esta vez, Fariñas sí está dispuesto a llegar hasta el final.

Visitado por algunos corresponsales en su modesta casa de Santa Clara, la ciudad que alguna vez tomara el Che en nombre de la revolución que liberaría para siempre a Cuba del oprobio, Fariñas sabe que no habrá negociación. Lo supo también en junio del 2006, cuando llevó a cabo una de sus gandhianas protestas y fue convencido por sus familiares de que desistiera al descubrírsele una lesión pulmonar de origen tuberculoso.

Fariñas no es precisamente ecuánime en muchos de sus juicios y parece haber sufrido, desde aquel 1995 (año de su primera detención), un progresivo jacobinismo y un cierto deterioro de algunas de sus facultades. Sus ataques de epilepsia, por ejemplo, habrían aumentado en frecuencia e intensidad.

Pero esta es una razón adicional, en todo caso, para que el régimen cubano demuestre un tino especial y una pizca de “compasión socialista”.

Porque lo que ha llevado a Fariñas a este intento de imitar el gesto de Orlando Zapata Tamayo, muerto luego de permanecer 85 días en huelga de hambre, es una situación que sólo los felipillos del castrismo niegan: en Cuba la oposición carece de derechos y la única política que se permite es aquella que consiste en obedecer y temer.

Algunos corresponsales afincados en La Habana insinúan que lo que Fariñas desea no es negociar sino, sencillamente, morir.

“De otro modo no se explica que haya rechazado los buenos oficios de la embajada española en Cuba, que le propuso en las últimas horas, con el tácito consentimiento del régimen cubano, su salida de la isla y su asilo en España”, dice uno de ellos.

“Yo no quiero irme. Yo quiero inmolarme si el gobierno no cede”, ha dicho Fariñas.

Pero querer morir por una causa no es una deshonra. Es un gesto, más allá de las ideologías, de estirpe martiniana y guevarista. Y si la causa por la que se muere es la libertad para los presos políticos que tienen la salud quebrantada, esa muerte, si se diera, podría llegar a ser heroica.

Lo que es inocultable es que un nuevo capítulo se ha abierto en Cuba con el asesinato encubierto de Orlando Zapata Tamayo. Como en otras gestas –sombría paradoja-, es la muerte la que vivifica y sostiene y documenta.

Nadie desea que Fariñas muera. Pero nadie debería ser indiferente a la agonía crónica de los derechos humanos en la Cuba que los Castro secuestraron desde su entrega al modelo estalinista.

No hay comentarios:

Publicar un comentario