FUJISTAR

sábado, 27 de febrero de 2010

º EL GRAN DINERO (Diario "La Primera" 27/02/10)

Mientras los políticos discuten sobre cosas menores, el señor García sigue empeñado en saquear al país cobrando comisiones por cada gran proyecto (cosa que se probará cuando algunas de sus víctimas decidan, en el próximo gobierno, hablar a cambio de inmunidad; de allí la imperiosa necesidad, para el doctor García Pérez, de que sean Castañeda o Keiko quienes lo sucedan).

Para mejor vender enormes extensiones de bosques y parajes, de humedales y colinas, García ha enviado al Congreso, donde gobierna el novio platónico de Fabiola de la Cuba, un proyecto de ley con su firma.

En ese texto García le pide al señor Alva Castro, o sea a su fiel y seguro servidor, que por favor le dé importancia debida al proyecto en cuestión, que tiene un título de aspecto inocente: “Ley que modifica el artículo 8 de la Ley 28223, Ley sobre los Desplazamientos Internos...”

El asunto de fondo tiene que ver con Bagua y sus consecuencias: la irreductible oposición, ambientalista y política, a los proyectos contaminadores y desfigurantes de la gran minería y de las empresas de exploración y explotación petrolera.

García, que no puede cobrar comisiones si no brinda una contraprestación, está desesperado: el gobierno empieza a terminársele y todavía hay mastodónticos proyectos a la espera de que el gobierno “facilite las cosas a la inversión”, que es lo que exige el lobismo corporativo.

¿Qué hacer, entonces? ¿Qué hacer para seguir cobrando?

Pues presentar proyectos como el que en estas líneas comentamos.

La modificación propuesta reza así:

“Si el desplazamiento se produjese a causa de proyectos de desarrollo en gran escala justificados por un interés público superior o primordial, la autoridad competente para

autorizar dicho desplazamiento será el Titular del ministerio de la Mujer y Desarrollo-MIM-DES...”

O sea que García aparta al ministerio del Ambiente de un manotazo y le entrega al ministerio de la Mujer (¿? ) la potestad de “autorizar” la expulsión de sus tierras nativas de quienes, por diferentes razones que van de la posesión inocente a la oposición activa, pueden llegar a ser un obstáculo para la inversión foránea.

¿“Proyectos de desarrollo en gran escala justificados por un interés público superior o primodial”?

¿Y quién determinará cuándo el interés público es superior o primordial?

¿No son los derechos de los peruanos que viven en la sierra y selva parte de un interés público superior? ¿No es primordial defender el medio ambiente de la voracidad tóxica de la gran minería o de la invasión geológica de los grandes faenones?

García, aconsejado por sus Piñeras, quiere optar por la solución Chilena: crear las condiciones que hagan posible declarar ilegales a quienes defienden sus tierras ancestrales y los viejos derechos de la naturaleza.

Creo haber dicho en alguna parte que aquel día de la entrevista de seis horas a Haya de la Torre lo que más me impresionó fue la frugalidad de su vida, la sobriedad de esa casa llena de libros y tesoros culturales, esa casa donde lo único que brillaba eran los años de sabiduría acumulados y algunos objetos que decían mucho de esa vejez amenazada por la pobreza: un piano de cola desafinado, una caja de laca comprada en Kyoto, un busto romano donado por una familia millonaria. Y afuera, en el jardín apenas cuidado y lleno de calvas, unos perros chuscos y hermosos que Haya quería más que a nadie.

A pesar de la difamación crónica de la que era víctima, Haya fue un hombre de clase media al que nunca le interesó hacer fortuna. Sabía que venimos de la fugacidad y que hacia ella vamos y que sólo un espíritu malogrado por la codicia podía dejarse seducir por lo material.

García, que pretendió ser su discípulo pero que de Haya sólo tiene la locuacidad, siempre pensó que Haya fue un tonto y que, al final de su vida, se expuso a las pellejerías de la escasez cuando hubo de ser examinado en Texas y fue necesario hacer una colecta entre amigos del partido para que ese viaje inútil se produjera.

Para curarse en salud y prevenirse de miserias García se ha vuelto rico, espléndidamente rico, podridamente rico, sin haber jamás trabajado. Todos sabemos cómo es que ha construido su fortuna.

Pero al presidente de la república le sucede lo que a muchos ricos les pasa: nada le es suficiente, nada calma su miedo al futuro.

Por eso, entre otras muchas cosas, presenta este proyecto de ley que hace más fácil la erradicación y el desalojo de tribus nativas o comunidades centenarias cuando la gran minería y el gran petróleo –y el gran dinero- estén de por medio. Porque de eso se trata, como en la novela de Dos Passos: del gran dinero.

viernes, 26 de febrero de 2010

º VIVA ZAPATA (Diario "La Primera" 26/02/10)

No sé qué dirán ahora los idólatras de los Castro, los incondicionales de la satrapía habanera, los tuertos de la mirada crítica, los que afirman, con razón, que Pinochet fue un criminal y, sin razón, que Fidel es un patriarca revolucionario.

Este modesto columnista sí dirá que la muerte del albañil y gasfitero Orlando Zapata Tamayo, muerte causada por una huelga de hambre de 85 días, es una vergüenza más para el estalinismo con palmeras que se instaló en Cuba a partir de los años 70.

Orlando Zapata Tamayo, de 42 años y miembro de la organización disidente Alternativa republicana –que plantea, entre otras cosas, la difusión del democratizante Proyecto Varela-, ha sido enterrado ayer a las 7 y 30 de la mañana en Banes, provincia de Holguín, a unos 800 kilómetros al este de La Habana.

Hasta allí llegó la policía castrista con el cadáver de Zapata, un afrocubano que mantuvo su promesa de morir por la causa de la libertad desde que lo detuvieron, en el 2002 y en pleno Parque Central, haciendo un ayuno público en contra del régimen.

No es que Zapata se haya suicidado, como dicen ahora los súbditos del castrismo. Zapata exigía ser tratado como un ser humano y denunció, más de una vez, las palizas de las que fue víctima por parte de los esbirros de la cárcel de Holguín.

Ha muerto convertido en puro hueso y pellejo después de una huelga de hambre que sólo al final, cuando ya era demasiado tarde, mereció atención médica en el hospital habanero Hermanos Almeijeiras. “Estuvo en los mejores hospitales, se hizo lo que se pudo”, llegó a decir Raúl Castro.

Este hombre valiente y martirizado sacó de quicio a los Castro –al fantasma que oficia de presidente y al caudillo tenaz que gobierna de verdad en las sombras- exigiendo dos cosas: 1) una cocina donde pudiera prepararse los alimentos –lo que lo eximiría de comer la bazofia que se reparte entre los acusados de delitos políticos-; y 2) la aceptación oficial de que se trataba –como de veras se trataba- de “un preso político”.

La cocina podían haberla negociado. Lo que el ministerio del Interior jamás habría aceptado negociar era la naturaleza de su detención. Hoy, la canalla estalinista dice que Zapata también quería “un teléfono celular” (como si no supiéramos que en Cuba tener un celular es algo casi imposible aun para los que no están encarcelados).

No, Zapata no quería un celular. Lo que exigió fue lo mismo que plantearon, en su tiempo, el comandante camagüeyano Hubert Matos y el guerrillero Eloy Gutiérrez Menoyo, compañeros de la revolución antes de que ésta fuera secuestrada por los comunistas prosiberianos: ser tratados como lo que eran: disidentes en prisión, opositores activos que pagaban con la cárcel el mero hecho de discrepar.

Amnistía Internacional, que tanto ha hecho por denunciar a las dictaduras latinoamericanas de derecha, consideraba a Zapata Tamayo como “prisionero de conciencia”, algo que irritaba hasta la histeria a la Cuba de los Castro.

Pero Zapata era, sin duda, un prisionero de conciencia desde que, en el 2003 y en el marco de una represión brutal, fue por segunda vez detenido y condenado a tres años de prisión por oponerse abiertamente a la dictadura (la acusación formal implicó tres cargos: desacato, desorden público, desobediencia a la autoridad).

Lo que sucedió después pinta de cuerpo entero la barbarie castrista. Rebelde y harto, dispuesto a todos los desafíos, Zapata se fue ganando, desde diversas cárceles, nuevas y más severas condenas, las que llegaron a sumar 25 años y 6 meses de prisión.

De la cárcel de máxima seguridad de Guanajay, en La Habana, fue trasladado a uno de los más severos penales del régimen: la prisión de Taco Taco, en Pinar del Río. Fue allí donde empezó una de sus jornadas “irlandesas” de abstinencia alimentaria (es curioso que la cruel señora Thatcher se jactara, con la misma cara dura del castrismo, de jamás ceder “ante el chantaje”).

Tras la última de esas condenas, basadas en un Código Penal ideado por policías de la seguridad del Estado, Zapata empezó la que sería su última temeridad. “Estaba desesperado, dispuesto a todo”, ha dicho uno de sus familiares. En plena huelga de hambre, debilitado al extremo, fue golpeado por la policía de la prisión, tal como lo denunció a comienzos de enero del 2010, desde la televisión madrileña, el famoso desafecto Oswaldo Payá.

Banes, el pueblito donde nació y donde ha sido enterrado, ha estado tomado por la policía política de Castro desde hace 48 horas. Ha habido unas 30 detenciones previas, según ha denunciado el presidente de la Comisión de derechos humanos y Reconciliación Nacional Elizardo Sánchez, y los corresponsales extranjeros fueron advertidos por el gobierno de que “mejor desistieran de viajar a Banes”, tal como apunta el representante del diario “El País” en la isla, Mauricio Vicent.

Tan grande ha sido el miedo del régimen cubano a la difusión de esta noticia que ni la agencia “Prensa latina” ni el matutino oficial “Granma” han escrito una línea sobre la existencia, peripecia y muerte de Orlando Zapata. “Ni siquiera se han atrevido a calumniarlo, como hacen normalmente cuando de un contrarrevolucionario se trata”, se lee en una crónica despachada desde La Habana.

Zapata ha muerto mientras en la isla se paseaba y firmaba acuerdos el presidente brasileño Luis Ignacio Lula da Silva.

Lula ha alcanzado a lamentar la muerte de Zapata. Raúl Castro, que estaba a su costado, ha llegado a lo más hondo de su propia miseria moral y ha afirmado lo siguiente:

“Lamentablemente, en esta confrontación que tenemos con Estados Unidos hemos perdido a miles de cubanos. El día que los Estados Unidos decidan convivir en paz con nosotros se van a acabar todos esos problemas...”

Antes de dejar el cuerpo de su hijo en el cementerio de La Güira, la señora Reina Luisa Tamayo Danger ha llegado a decir, fuera de sí y arriesgando futuras represalias:

“No le admito a Raúl Castro mensajes para esta madre porque ellos asesinaron premeditadamente a Orlando Zapata Tamayo...Mi hijo lleva impregnado en su cuerpo los golpes, las torturas, las tonfas y lo negro de la golpiza efectuada en Holguín... Esta madre dice: Raúl, Fidel: no me digan nada. Quisiera hablar de frente con ellos para decirles: cínicos, descarados, me mataron a mi hijo...”

La Cuba de Batista era un casino sórdido financiado por los Estados Unidos.

La Cuba de los Castro ya no es el lagarto verde con ojos de piedra y agua de Nicolás Guillén: es una gran prisión.

La Cuba de Martí era una Cuba libre.

Me quedo con la Cuba de Martí. Seguiré luchando por ella.

jueves, 25 de febrero de 2010

º CATA Y CATITA (Diario "La Primera" 25/02/10)

Una de las industrias más rentables y a veces pintorescas inventadas en las últimas décadas es la de la cata de vinos.

Se supone siempre que el catador es un hombre de paladar sensible y de nariz inteligente, de lengua viva y de buen vivir, con mucho conocimiento sobre vides e historia y con una enorme información en relación a la siempre dinámica geografía del buen vino: la aparición de nuevas mixturas, la irrupción de países o regiones que se suman al mercado vitivinícola, la mejoría en la calidad de vinos antiguos, como el portugués, o de vinos recientes, como el sudafricano.

Todos recordamos el terremoto de 1976, el año en que, en una cata ciega organizada en París por la revista “Wine Spectator”, los vinos californianos del Valle del Napa derrotaron a los vinos franceses.

Como se sabe, esa nueva invasión de Normandía en clave espirituosa trajo consigo una guerra en la que estadounidenses y franceses se han dicho de todo y han empleado armas de todo calibre.

Hace unos años, por ejemplo, un equipo de televisión francés produjo un excelente reportaje sobre Robert Parker, gurú de la cata y director de la revista “Wine Advocate”, temida por sus calificaciones, “descubrimientos” y arbitrariedades.

Los franceses se vengaron de Parker, gran amigo de los vinos de la Ribera del Duero, mostrándolo en chancletas en su casa de California, grabando a su feo perro tirándose pedos y moviendo la cámara hacia piezas del mobiliario que no brillaban por su belleza. Como que querían demostrar que la cierta chusquedad privada de Parker lo descalificaba como árbitro de la exquisitez.

Como quizá alguna vez he dicho, para mí un buen vino es, junto al amor, lo más parecido a eso que algunos llamarían felicidad.

Y si vino y amor se juntan tendremos la certeza de que seremos envidiados por aquellos que beben cualquier cosa y aman lo que tuvieron a la mano.

Pero este catador aficionado, este bebedor ocasional de vinos sabe que hay muchas trampas en esto de las catas y, en nuestro caso, de las catitas (sí, porque aquí hay damitas que dicen que un buen borgoña de Surco te hará olvidar, cuando la verdad es que te producirá amnesia tóxica).

He conocido catadores de respeto, pero también he visto a supuestos conocedores del vino cuya vulgaridad de gustos y cuya manera tabernuda de vestir y de hablar hacen poco creíble su sapiencia como consejeros y degustadores.

En una industria que mueve cientos de miles de millones de dólares al año está claro que hay paladares a destajo que dirán que tal vino es excelente, cuando apenas es regular, y que tal otro es histórico, cuando apenas alcanza a ser bueno.

Porque en esto de los gustos, por supuesto, la suprema objetividad es una patraña y las mejores revistas sobre el vino han sido acusadas, alguna vez, de favorecer intereses comerciales o recibir estímulos para “entusiasmarse” con determinada cosecha.

No es casualidad que Robert Parker haya puesto en el primer lugar de la lista de los cien mejores vinos del 2009 a uno producido por su amigo Peter Sisseck, un enólogo danés afincado a orillas del Duero.

Y tampoco creo que sea casualidad pura que “Wine Spectator”, una revista que tiene un tiraje de dos millones de ejemplares, coloque en el top de su última lista a un vino estadounidense del valle de Columbia (estado de Washington).

Pero lo que está llegando a niveles sencillamente espectaculares de ilusionismo y “literaturalidad” es la prosa enológica, esa jerga de supuestos especialistas –los que dan vueltas a la copa y hacen buches repulsivos con el vino- que descubren lo que nadie puede compartir porque ocurre que no existe, los que ven canela donde hay ácido y saborean moras donde sólo hay un dejo de fermentos.

Cuídense entonces de textos publicitarios como este:

“Muy suave y aterciopelado, de largo final en boca con tonos frutados a moras, grosellas y pimienta verde...”

No lo dude: si un vino le recuerda a la pimienta verde, ¡escúpalo o llame a un policía!

La bodega argentina Humberto Canale, por ejemplo, debe de haber contratado a un escritor de tangos asesorado por el marqués de Valero de Palma para presentar a su íntimo Malbec con estas palabras:

“Vino rojo violáceo, con frutos rojos, notas especiadas, vainilla, coco y aguaribay (pimienta rosa). Boca de buena armonía y balances”.

Si a mí me sirvieran un vino que me recordara, aunque fuese con extrema sutileza, a un coco y a especias no definidas y a esa pimienta invasiva y, en este caso, rosa, pues lo que haría sería no pagarlo después de devolverlo. O irme a Indecopi a hacer una denuncia.

Eso de los “vinos aterciopelados” abunda. Por supuesto que no hay vinos aterciopelados. Como no los hay “amplios” ni “elegantes” ni “armoniosos”. Los buenos vinos son tautológicos: saben a sí mismos. Y nadie que sepa de vinos tendrá la insensatez de describir, ni siquiera aproximadamente, a qué nos remiten.

Esa jerigonza de expertos se ha extendido por todo el mundo y tiene cumbres de la cursilería.

Otro vino varietal de fama –este es otro ojemplo- es presentado así por sus apologistas de bolsillo:

“Vino rojo rubí de muy buena intensidad, con nariz compleja y elegante de frutos rojos, notas de vainilla y tabaco. Largo final en boca”.

Digamos que la última frase parece una felación con fines depravados. ¿Pero notas de vainilla y tabaco? ¿A quién se le han subido los humos del canabis? ¿Y eso de nariz compleja y elegante es una alusión a Barbra Streisand?

En resumen, que escribir sobre vinos es difícil y que mentir comercialmente respecto de ellos es muy fácil.

Escribir sobre vinos es, en todo caso, tan difícil como escribir sobre cocina.

Y en ambos casos la presión comercial es enorme. Y en ambos casos el poder económico de los Estados Unidos pretende dictar las normas y encumbrar sus intereses.

Una demostración especialmente zafia de esos intentos es el señor Anthony Bourdain, aquel que los tontos de capirote llaman aquí “célebre chef norteamericano” y que se pasea por todos los tugurios grasientos de Asia alabando, con la boca llena, la camisa sudada y las uñas sospechosamente grises, todo lo que se embute y todo lo que pica, agrede y muerde las entrañas.

Como si los estadounidenses nos fueran a enseñar a comer, cuando ellos son hijos palatinos de los ingleses, esos bárbaros cuyo único placer es despojar a otros de islas y peñones.

miércoles, 24 de febrero de 2010

º DOMINGO DE TETA Y SUSTO (Diario "La Primera 23/02/10)

Hace unos días hice lo que había aplazado durante largos meses: ver “La teta asustada”, la película peruana más exitosa y reconocida de todos los tiempos, una obra que, sin ninguna duda, debe tener méritos y excelencias que este columnista, por alguna razón entre las que no se encuentra la cicatería, no pudo (o no supo) encontrar.

Como alguna vez he confesado, soy un viejo cinéfilo que ha pasado grandes momentos de su vida viendo películas de todos los estilos, todos los géneros, todos los directores y todas las calañas.

Me había resistido a ver “La teta asustada” porque temía que no me gustara (“Madeinusa” me había parecido un buen intento fallido) y porque, si así sucedía, tendría que escribirlo y no callarme como hacen tantos a la hora de mirar la dirección de los vientos.

Y al no callarme –pensé- tendría que enfrentar el callejón oscuro de los adocenados y los nacionalistas del culo que están viendo “antipatriotas” hasta en la sopa (en la sopa de Acurio por ejemplo, que es, como se sabe, sagrada).

De modo, que compré “La teta asustada” en una versión formal –soy de los que jamás compra piratería: no soy un “peruano cabal”- y la vi. Quiero decir, la vimos.

Cuando aparecieron los créditos finales no sabía a qué espectáculo había asistido: ¿era sólo una mala película o era el resumen más brioso de la huachafería vagamente progre y de exportación, esa que PromPerú podría auspiciar junto a algunas ruinas sobreestimadas?

Vamos a ver. Los actores de “La teta asustada” no son buenos y al no ser buenos no sostienen una historia hiperbólica que hubiera requerido un registro realista que compensara tanto exceso. ¡Y es que el realismo incluye también lo actoral y eso es algo que el cine sudamericano, con algunas excepciones, no logra entender!

La fotografía de “La teta asustada” combina las postales distantes, los planos abiertos de un observador frío, con algunos primeros planos voluntaristamente dramáticos y sin sentido y con encuadres gaudianos, retorcidos y amputadores. ¿Fue un aporte al cubismo que hubiese brazos cortados, contraplanos a media caña, manitas sin antebrazos, codos sueltos?

La película es un tour para catalanes y berlineses perversones en torno a un país trágico que Claudia Llosa se ha empeñado en hacer cómico (y, claro, así, en clave de humor negro y de sal gruesa, elude rozar siquiera el origen de todo: la raíz social no de la papa sino de la injusticia y la escisión social).

Como comedia varias veces involuntaria, “La teta asustada” es prodigiosa. Que un ginecólogo le diga al tío que recomendará “otro anticonceptivo” a la niña que tiene una papa en la vagina –dando por hecho que el tubérculo cumple esa función- es como para sonreír.

Que una ricachona tenga su palacete junto a un mercado del Perú profundo –realidades encarnizadamente enemigas separadas apenas por una puerta eléctrica-, ¿es una manera de ahorrar platós, agudizar las contradicciones o hacer una caricatura abreviada y en pocos metros cuadrados del Perú?

Que esa misma señora le diga a la protagonista que tome asiento cuando ésta ya está sentada, no es una distracción de vieja pituca: es la enésima tontería de un dialoguista empeñado en construir personajes oligofrénicos.

La señorita Llosa es una militante del realismo mágico, pero tiene un problema: no es García Márquez; es, más bien, la secretaria visual de Isabel Allende.

De allí, de ese almacén ingenuo de realismo mágico en versión “Coquito” salen, en desfile continuo, el barco que va a cruzar un túnel más estrecho que su diámetro y su altura, la poda con tijerita de uñas de la papa intravaginal, la venta de ataúdes con escudos futbolísticos para hinchas del más allá, el hecho de que la señorita Solier se desmaye y sea intervenida en un quirófano mientras mantiene en una mano crispada un puñado de perlas, los matrimonios masivos sin alcalde, la santa conservación inodora de un cadáver de varios días, el rostro aceradamente inmóvil y casi enyesado de la señorita Solier en su papel de víctima de la teta, la transformación repentina e inconvincente de la señora pianista luego de su concierto.

Todo folclórico y apretado, todo hecho para arrancar exclamaciones de risas, horror y condescendencia entre europeos culposos, oenegistas con mucho millaje y amantes del exotismo.

Y casi todos los personajes de la película exhiben una estupidez cacasena -¿de origen viral, hereditario, antropológico?-, como aquella novia que, teniendo un vestido con una cola de varios metros, está descontenta porque quiere más tela para más cola y que termina, como idiota mayúscula, subiendo al podio inverosímil que Claudia Llosa le ha puesto, no por los peldaños “majestuosos” de aquel armatoste de cartón sino por una escalera de albañil desde la que está a punto de caer.

“La teta asustada” no es una mala película porque retrate con saña de turista pronazi las miserias y pellejerías de la pobreza urbana de Lima ni aluda, con enorme timidez, a las fechorías que sufrieron nuestros campesinos de manos de terroristas y militares. Es mala porque cinematográficamente es un desastre.

La historia no te la crees –no porque sea irreal sino porque está mal contada-, los actores recitan muchas veces frases sin sentido, la señorita Solier canta cuando no debe –es decir, admitámoslo: casi siempre- y hay empalmes que no se explican, lentitudes que nada aportan, destellos visuales –la señorita Solier con una flor en la boca, el despegue de un artilugio impulsado por helio- que terminan por desbaratar la poca lógica interna que le quedaba a la ficción.

El Perú cambió el mundo con el aporte de la papa ancestral. Esta papa intravaginal y casi hidropónica, física y simbólicamente inmunda, no cambiará la historia del cine.

Sé a lo que me expongo con estas líneas. La verdad es que importa un ardite. Peor hubiese sido sumarme al coro extasiado y patriótico de los que creen que el honor nacional está en juego en la ceremonia del Oscar.

Ni conozco ni envidio ni siento nada por la señorita Llosa. Es más, espero que gane el Oscar y que lo disfrute. Pero eso no me impide decir lo que pienso. Tampoco le temo a sus primos fulminantes ni a sus tíos mitológicos ni a sus vínculos especiales con el agitprop ibérico.

Me alegra que haya tenido la suerte de contar con tantas anuencias internacionales y con tantos píos silencios domésticos. Pero de allí a decir que “La teta asustada” es una “gran película”, como la tetudez colectiva ha impuesto aquí y con letras de neón, hay tanta distancia como la que va de la alfombra roja del teatro Kodak a la posteridad de veras bien ganada.

martes, 23 de febrero de 2010

º TORERO O MATARIFE (Diario "La Primera" 23/02/10)

Nadie debe haberse sentido más feliz viendo a Jaime Bayly despeñarse que el propio Baruch Ivcher.

Bayly quizá calculó que su pregrabación iba a ser vetada por la ira de Ivcher. De ese modo el misterio lo absolvería, la censura lo engrandecería y la victimización acompañaría la marcha de su candidatura.

Pero todo fue un mal cálculo. Aconsejado por sus mejores diablos azules, Ivcher le dio paso a una larga diatriba –a ratos divertida, a ratos vulgar, muchas veces lumpen- dirigida al propietario del circo en cuestión y, para usar las palabras de Bayly, a “los monos que le sirven y que se cagan en donde pueden” (o sea Beto Ortiz y un tal Miyashiro).

Y cuando Bayly insultaba, Ivcher –esa gran impostura- renacía. Y cuando Bayly volvía a insultar, desde una histeria maníaca y quejumbrosa, Ivcher se llenaba de vida y de esperanza y marchaba con el tranco resuelto de los muertos vivientes.

¿Quién era el demócrata, entonces? ¿Era Bayly, el insultador; o era Ivcher, el presidente del directorio permisivo y, en este caso, mucho más suizo que israelí?

El demócrata aquella noche fatal no fue Bayly. Bayly fue el lúcido tardío que, después de varios años, se daba cuenta de que Ivcher era un tal por cual (y justo cuando, desde el miércoles pasado, tiene en su bolsillo una oferta de Canal 4 para hacer allí “El francotirador”).

Ivcher no lo censuró y quedó, aunque a algunos nos duela, como un ejemplo de tolerancia.

Fue una noche fatal porque asistimos a un suicidio que se veía venir pero que superó todo lo imaginable en relación a ese arte equívoco de la autodestrucción.

No soy de quienes odian a Bayly. Siempre le guardé aprecio y casi siempre me enternecieron sus primeras locuras y sus apariciones fulgurantes en la tele.

Me dio lástima, eso sí, verlo agusanado en Miami y uribizado en Colombia. Y, antes, en los tiempos de la persecución y el SIN, me dio rabia que su antiFujimorismo fuera mudo y sus silencios explícitos.

No soy lector de sus libros pero sería rácano negar que es un escritor de enorme éxito internacional y un personaje continental de la comunicación.

Dicho esto, tengo que añadir que lo que vi hace dos días ha sido un show sombrío y crepuscular de alguien que, con el nombre de Jaime Bayly, imita al escritor, desfigura al conductor, desacredita al personaje y envilece la propia memoria.

Ese Bayly que vimos carraspeando groserías, inyectadamente temerario, contradiciéndose cada diez minutos, no es el Bayly que una vez apareció en “La Prensa” y en Canal 5 y se convirtió en líder de opinión.

El Bayly que vimos hace días derrapa en la procacidad y es un eco malo de los buenos tiempos.

Pero, sobre todo, es un Bayly que parece no tener ninguna reputación que preservar.

Su capacidad de ser grosero, que llega a tener tintes patológicos, lo que demuestra es un narcisismo con sueños de omnipotencia. Bayly no candidatea a la presidencia: candidatea a ser Dios, un Dios cruel e impune que azota y/o quema a los herejes.

Cuando insultaba a Ivcher de un modo tan rastrero, tan racista, tan xenófobo y tan primario, yo pensaba:

-Este Jaime no sabe hasta dónde ha metido la pata. Cree que es un desplante lo que es una fechoría.

Y el hecho de que Bayly siguiera fingiendo que todo su enojo (divino) se debía a que Beto Ortiz y el tal Miyashiro “habían saqueado la propiedad intelectual” de su amigueta (primero novia, luego íntima, más tarde amiga), me causó la viva impresión de que ese programa estaba siendo transmitido desde una casa de salud y que, en cualquier momento, aparecerían batas blancas, jeringas goteando pócimas sedantes, enfermeros musculosos y dispuestos a dominar al paciente.

¿Alguien puede creer que Jaime se enojó porque dos aviesos colegas de pantalla leyeron párrafos de una novela inédita?

El problema no era ese. Si Jaime recordase, a estas alturas, que es posible decir la verdad diría que lo que de verdad lo molestó no fue la incursión bucanera del dúo Ortiz-Miyashiro sino la espantosa calidad de lo leído, la indigencia literaria del manuscrito en cuestión, el final del juego de un libro que a él se le había ocurrido recomendar antes de que saliera a la venta. Es que Jaime no sólo es Dios: también es Midas –el rey que todo lo que tocaba lo hacía de oro- y la niñata en cuestión era oro en polvo.

Y si Jaime siguiera empeñado en ser honesto –una virtud que tuvo hasta que la televisión lo volvió un monstruo- diría también que todo ese arrebato histriónico, esa furia teatral, eran una manera de darle a su ego –convertido en peleador de sumo- la sobrealimentación de notoriedad y de escándalo que cada día reclama.

A todo esto hay que sumar el asunto de la candidatura, algo que la personalidad escindida de Bayly proclama una noche por la boca y rechaza al día siguiente por la imprenta, algo que ha terminado de perturbar a este personaje complejo que cree que escribir es vomitar y que hace tiempo ya no lucha con sus demonios sino que los obedece.

Ivcher se dio el gusto de propalar en su canal la transmisión radiográfica de Jaime Bayly, la autobiografía hablada de un escritor talentosísimo y de un ser humano ayer entrañable convertido en esa fábrica de agravios, en ese géiser del mal gusto y la incontinencia.

A tanto llegó Bayly que Ortiz y el tal Miyashiro parecieron, por contraste, unos caballeritos vestidos en Gamarra, pundonorosos, subordinados y con el bozal en su sitio.

A tanto llegó que Ivcher, el hombre del cheque discreto de 20 millones de soles entregados por Toledo, pareció víctima de un Hugo Chávez que le hubiese expropiado el canal y lo mandase insultar desde sus propios estudios.

Lo curioso es que Bayly cedió en el único asunto que a Ivcher de veras le importaba: el del dinero.

Porque cuando Bayly se retractó de lo dicho en relación a la deuda tributaria de Ivcher, le dio en la yema del gusto al dueño de la silla en la que estaba sentado.

Y esa indebida concesión –indebida porque la deuda de 54 millones de soles de Ivcher es un asunto que la Sunat mantiene vivo- es la que, al final, quizá explique por qué el propietario de Frecuencia latina propaló lo que Lúcar le había aconsejado no propalar. Total, si el dinero es lo que importa, ¿qué importan algunos adjetivos que el viento y Youtube se llevarán?

El hombre-bomba que explosionó ante nuestros ojos hace unos días era lo que quedaba de Jaime Bayly después de varios años de coquetear con la locura.

Tengo la sensación de que Bayly comenzó su vida pública temiendo que descubrieran su bisexualidad. Cuando la confesó y la vendió como mercancía y la registró como marca, dejó de tener un gran secreto que cuidar. Fue un alivio.

Pero Bayly necesitaba más. Las parejas que hizo desfilar en sus columnas, las infidencias de cama y de camastro que describió con placer, el confeso odio a su padre, el desprecio a buena parte de su familia, sus furias anecdóticas de infancia contra curas y militares, el estilo de autoabominarse para inspirar respeto y compasión, la coprolalia creciente que parece empobrecer su lenguaje y afear su interior, todo eso constituye un cuadro clínico tan evidente y desgarrador que sólo una sociedad enferma como la nuestra pudo pasar por alto y, más bien, aplaudir y fomentar.

Jaime se sintió un torero hace unos días. Pero el mandil ensagrentado, la sierra de motor, los anteojos de mica salpicados de sanguaza, la mirada turbulenta, la decisión gozosa de cortar y trocear, no engañaban. Sus peores enemigos gozaban como cerdos: Bayly había sido –por fin- un matarife más en el viejo camal de Baruch Ivcher.

Y cuando, en su mensaje final, dijo que, en realidad, lo que quería “era quedarse en Canal 2 y reconciliarse con Ivcher” este columnista creyó ver en pantalla un remedo de esos psicópatas que, en las películas B, terminan diciendo que no recuerdan nada y preguntando qué es lo que hicieron y por qué tienen las manos manchadas de sangre.

sábado, 20 de febrero de 2010

º PATRICIA Y AUGUSTO (Diario "La Primera 20/02/10)

No sé qué tendrá que pasar en RPP para que Patricia del Río y Augusto Álvarez Rodrich presenten su renuncia o digan algo (o susurren alguito, o se incomoden un poco).

Y es que lo que está haciendo Raúl Vargas con esa emisora es sencillamente indigno de llamarse prensa.

Como las encuestas señalan que la popularidad de Alan García está -a nivel nacional- por los suelos, Vargas ha decidido servir de pulidor del régimen.

¿Que el modelo no llega a todos?

Pues allí está Vargas para preguntarle al director del programa Juntos las preguntas que sólo le harían en el “Melody” y las repreguntas que sólo le haría su santa abuelita.

-¿Vamos bien, pero podemos ir mejor? –pregunta Vargas.

-Hemos aprendido y claro que vamos a mejorar –le responde el burócrata locuaz.

¿Que en salud&sa=Buscar" title="buscar información sobre Essalud">Essalud matan y rebanan y sierran y no pasa nada?

Pues allí está Vargas, en su papel de Jabba the Hutt del palacio de Pizarro, haciéndole “al ingeniero Fernando Barrios”, el director de salud&sa=Buscar" title="buscar información sobre Essalud">Essalud y el que paga la publicidad y abona muertos y heridos por cada servicio prestado, la entrevista más horizontal que uno pueda imaginar “con ocasión de inaugurarse este gran hospital de Chiclayo-Oeste, el Luis Heysen Incháustegui”.

¿Que Luis Alva Castro es un monigote con el pelo teñido por Miss Clairol cuyas dos últimas hazañas son haberse enredado con un patrocinio de quince mil dólares a Fabiola de la Cuba y con un aumento de connotaciones delictivas a sus secretarias?

Pues allí va Vargas, en su papel de Chino de la Esquina, diciendo a los millones de oyentes de RPP que él conoce a Alva Castro “por sus preocupaciones filosóficas” y por “su vocación editorial y literaria” (cuando Alva Castro es a la literatura lo que Chemo del Solar al éxito y a la filosofía lo que los ácaros al finado gliptodonte).

Y va enseguida una entrevista que podría ser más útil que un dedo en la garganta a la hora de librarse de un contenido estomacal incómodo.

O sea que Nava, Mirtha y el jefe de todos los capos deben haberse sentado con Vargas y deben haberle dicho que la estabilidad del gobierno y la legitimidad del sistema dependen de RPP y de esta nueva campaña de planchado y pintura.

Y Vargas ha llegado a un arreglo conveniente. Total, si estuvo a punto de viajar a México como embajador de Alan García –y no lo hizo porque Manuel Delgado Parker se lo pidió y le aumentó el sueldo-, ¿por qué no va a oficiar de cataplasma de este contuso gobierno?

Da vergüenza ajena escuchar la agonía de este Vargas. Porque no sólo es un asunto de contenido.

La voz de Vargas era grave y muchas veces noticiosa. Ahora se ha hecho meliflua, zalamera, coqueta bajo cuerda.

Antes sus bajos continuos respaldaban una melodía que iba al son del día y tenía el eco vibrante del directo en directo. Hoy la voz de Vargas parece la de Pedro (también Vargas) cuando cantaba boleros para señoras en un cabaré.

Vargas fue nuestro Wálter Cronkite radial. Hoy es una melopea de Radio Nacional tomada por la Apdayc.

Si Radio Incahuasi –la que Haya usaba para mandar a insultar a sus enemigos- estuviese en el dial, la sacarían del aire por hacerle competencia desleal a la RPP de Vargas.

Pero, bien, el problema ya no es Vargas, que ha decidido ser, como en el viejo icono de la RCA Victor, la voz del amo y jugar a la cocinita con su amigo Alan García.

El problema para mí, lo que me pone tenso y confundido como oyente y colega es no tener una respuesta para la siguiente pregunta: ¿por qué Augusto y Patricia no se ponen en sus trece, pierden el miedo escénico y hacen, sin miedo, las preguntas que (estoy seguro) quieren hacer?

Está muy bien que don Raúl Vargas quiera terminar sus días de radio como lo está haciendo –si Macera bailó con Fujimori, ¡imagínense!-, pero está mal que lo haga en compañía de dos periodistas respetables.

Patricia, Augusto: ¿pueden ustedes hacer algo? Los estamos viendo y escuchando

viernes, 19 de febrero de 2010

º JUECES APRISTAS (Diario "La Primera" 19/02/10)

El juez Raúl Rosales Mora –el de la carátula de “Caretas”- ha dado en el blanco: es la imagen perfecta de la judicatura peruana.

Con un añadido: es la imagen perfecta de la judicatura fraguada en Alfonso Ugarte 1012, el domicilio del APRA.

Hay un antiguo entendimiento, casi venéreo, apasionado siempre, entre el APRA y el poder judicial.

Como desde finales de los años 50 del siglo pasado el APRA no pudo tener novelistas ni poetas –toda su “inteligencia” se fue a la izquierda-, entonces el viejo partido de Haya se dedicó a fabricar jueces. Fabricando jueces, como es sabido, se tiene una clave del poder.

Los hizo en la horma de algunas tradicionales Universidades del norte y, más tarde, según el modelo de la Universidad del Centro, fundada por el APRA de Huancayo y apadrinada desde siempre por don Ramiro Prialé.

Años después, esa Universidad central tuvo un vástago limeño que se llamó “Federico Villarreal”.

Yo deambulé alguna vez por esas aulas y me pasaba el día conversando de poesía y musarañas, mirando a una chica maravillosa que cojeaba y hablando con un español sabio -de los más sabios que conocí- llamado Fermín Valverde, un especialista en sintaxis que había sido cura franquista y que había dejado el Vaticano por una Boliviana que bien valía todas las sotanas del mundo y con quien se casó y fue feliz.

En la Villarreal había una maquinaria que no paraba nunca y esa era la de la Facultad de Derecho, que no cesaba de fabricar abogados dispuestos a todo. Dispuestos a ser jueces, para empezar. A ser jueces en un tiempo en el que ningún abogado de éxito quería ser juez (dada la paga formal que se ofrecía).

Hasta de noche funcionaba “Derecho”, con aulas repletas de angurrientos y profesores de calvas aceitosas y grandes voces que reverberaban con la megafonía.

Eran los tiempos en que el Búfalo Pacheco, embajador plenipotenciario del APRA, reinaba a hebillazo limpio en los patios del “claustro”. Y fue la época en que el decano de Educación, Eugenio Chang, protagonizó un incidente extravagante en la puerta de la facultad.

Sucedió que su esposa lo conminó, a la intemperie, a que tomara una decisión. Y lo hizo no sólo en público sino en presencia de la manzana de la discordia, una señorita que daba la impresión de haber ganado la batalla antes de librarla.

Bueno, de esas usinas villarrealinas del derecho (y de otras con el mismo sello partidario) salieron los jueces como Raúl Rosales Mora: disciplinados, lóbregos, impropios.

Se les veía felices en el palacio de justicia –esa mole afrancesada, ese puterío con citas en latín-,

en su tinta junto a sus secretarios, en su hábitat frente a miles de expedientes cosidos. Parecían haber nacido allí.

Y, desde luego, eran parte de la maquinaria de poder del APRA. Eran parte del otrosí aprista: si votas por mí, no olvides que podrás contar con la benevolencia institucional de nuestros jueces.

Una de las pocas cosas buenas que ocurrió a principios de los 90 fue que se barriera con parte de esa red. Claro, en ese momento nadie imaginó que Fujimori era el gánster que llegaría a ser y que la judicatura aprista sería reemplazada, a la larga, por el Chino Rodríguez Medrano y su banda.

Lo cierto es que en el año 2001, cuando los Rosales Mora fueron restituidos por la transición democrática, pocos repararon en el hecho de que esa reivindicación suponía también el regreso masivo del APRA al poder judicial. Retorno triunfal que hoy conoce su más vicioso resplandor.

De toda esa historia vienen estos gatillos, estos revólveres cargados, estas caras que merecen un prontuario, estas “valentías” de mafioso alanista.

Limpiar el poder judicial: otro punto de la agenda para el 2011.

º JUECES APRISTAS (Diario "La Primera" 19/02/10)

El juez Raúl Rosales Mora –el de la carátula de “Caretas”- ha dado en el blanco: es la imagen perfecta de la judicatura peruana.

Con un añadido: es la imagen perfecta de la judicatura fraguada en Alfonso Ugarte 1012, el domicilio del APRA.

Hay un antiguo entendimiento, casi venéreo, apasionado siempre, entre el APRA y el poder judicial.

Como desde finales de los años 50 del siglo pasado el APRA no pudo tener novelistas ni poetas –toda su “inteligencia” se fue a la izquierda-, entonces el viejo partido de Haya se dedicó a fabricar jueces. Fabricando jueces, como es sabido, se tiene una clave del poder.

Los hizo en la horma de algunas tradicionales Universidades del norte y, más tarde, según el modelo de la Universidad del Centro, fundada por el APRA de Huancayo y apadrinada desde siempre por don Ramiro Prialé.

Años después, esa Universidad central tuvo un vástago limeño que se llamó “Federico Villarreal”.

Yo deambulé alguna vez por esas aulas y me pasaba el día conversando de poesía y musarañas, mirando a una chica maravillosa que cojeaba y hablando con un español sabio -de los más sabios que conocí- llamado Fermín Valverde, un especialista en sintaxis que había sido cura franquista y que había dejado el Vaticano por una Boliviana que bien valía todas las sotanas del mundo y con quien se casó y fue feliz.

En la Villarreal había una maquinaria que no paraba nunca y esa era la de la Facultad de Derecho, que no cesaba de fabricar abogados dispuestos a todo. Dispuestos a ser jueces, para empezar. A ser jueces en un tiempo en el que ningún abogado de éxito quería ser juez (dada la paga formal que se ofrecía).

Hasta de noche funcionaba “Derecho”, con aulas repletas de angurrientos y profesores de calvas aceitosas y grandes voces que reverberaban con la megafonía.

Eran los tiempos en que el Búfalo Pacheco, embajador plenipotenciario del APRA, reinaba a hebillazo limpio en los patios del “claustro”. Y fue la época en que el decano de Educación, Eugenio Chang, protagonizó un incidente extravagante en la puerta de la facultad.

Sucedió que su esposa lo conminó, a la intemperie, a que tomara una decisión. Y lo hizo no sólo en público sino en presencia de la manzana de la discordia, una señorita que daba la impresión de haber ganado la batalla antes de librarla.

Bueno, de esas usinas villarrealinas del derecho (y de otras con el mismo sello partidario) salieron los jueces como Raúl Rosales Mora: disciplinados, lóbregos, impropios.

Se les veía felices en el palacio de justicia –esa mole afrancesada, ese puterío con citas en latín-,

en su tinta junto a sus secretarios, en su hábitat frente a miles de expedientes cosidos. Parecían haber nacido allí.

Y, desde luego, eran parte de la maquinaria de poder del APRA. Eran parte del otrosí aprista: si votas por mí, no olvides que podrás contar con la benevolencia institucional de nuestros jueces.

Una de las pocas cosas buenas que ocurrió a principios de los 90 fue que se barriera con parte de esa red. Claro, en ese momento nadie imaginó que Fujimori era el gánster que llegaría a ser y que la judicatura aprista sería reemplazada, a la larga, por el Chino Rodríguez Medrano y su banda.

Lo cierto es que en el año 2001, cuando los Rosales Mora fueron restituidos por la transición democrática, pocos repararon en el hecho de que esa reivindicación suponía también el regreso masivo del APRA al poder judicial. Retorno triunfal que hoy conoce su más vicioso resplandor.

De toda esa historia vienen estos gatillos, estos revólveres cargados, estas caras que merecen un prontuario, estas “valentías” de mafioso alanista.

Limpiar el poder judicial: otro punto de la agenda para el 2011.

miércoles, 17 de febrero de 2010

º UN TEMA PROHIBIDO (Diario "La Primera" 17/02/10)

En buena parte del mundo los partidos políticos están basados en ideas matrices. En el Perú los partidos políticos tienen apellido, DNI, cuentas bancarias, apetitos de entrecasa.

En buena parte del mundo los partidos políticos son personas jurídicas. En el Perú los partidos políticos son personas naturales.

Alejandro Toledo acaba de proponer “un gran frente de centro en un marco de libertad y respeto a las instituciones democráticas”.

Eso supone que hay un centro político que salvaguarda la libertad cimentando las instituciones democráticas.

Pero cuando Toledo se ve obligado a aterrizar en nombres concretos tiene que mencionar, al lado de Lourdes Flores, a Luis Castañeda Lossio y al ciudadano estadounidense PPK.

Lo de Lourdes Flores está bien. Ella es, sin ninguna duda, de centro.

Pero ni Castañeda ni PPK son de centro.

Ambos representan a la derecha analfa que no quiere hacer historia (porque jamás la leyó) sino dinero (porque siempre contarlo y exportarlo fue el mayor de sus placeres).

Ambos encarnan una variante de la enfermedad más perniciosa de la política peruana: la carencia de ideas, la estupidez audaz, la falta de delicadeza en las bóvedas de los fondos públicos y el mini-caudillismo en su vertiente tragicómica.

Uno (Castañeda) está en la cima de las encuestas, a pesar del asalto a los presupuestos y de la mugre municipal que lo tizna. El otro (PPK) está en 1 por ciento de intención de voto, a pesar de lo ya invertido en apariciones y sobonerías contratadas.

Pero tanto el uno como el otro encarnan el fracaso de los partidos políticos peruanos.

¿Por qué es imposible que en el Perú suceda lo que cuajó en Colombia, lo que pasó en Chile, lo que sigue sucediendo en Brasil o en México?

Un común denominador de esos países es la existencia protagónica de una burguesía nacional consciente de los límites de la internacionalización y decidida a mantener metas soberanas vinculadas a su desarrollo.

Quizá otra característica sea que en esos países el nivel de la Educación pública jamás llegó, a pesar de las crisis que la golpearon, a las cotas de miseria que se dieron en el Perú.

Tal vez una tercera razón pudiera ser que en esos países lo que suele llamarse “la inteligencia” nunca huyó del todo de la partidocracia. El hecho de que en el Perú el arte y la producción intelectual se mudaran tan lejos de los partidos resultó también un factor decisivo para el deterioro de nuestra política.

Lo que Toledo propone no es viable como aventura honesta. Será posible –tan posible como su partido- tan sólo si uno se lo imagina como una enésima y marginal jugada de la derecha.

La derecha, es decir la apuesta por el inmovilismo, tiene planes más específicos.

Duda de Castañeda, no está segura de Toledo, ha desahuciado el temprano cadáver de PPK, sabe que a Lourdes la persigue una maldición.

Pero el problema de la derecha no es el candidato. El problema es la agenda.

Y de lo que se trata es de buscar seudónimos, diablillos, pobres diablos, cualquier cosa con tal de que todos nos distraigamos con los temas posmodernos: el matrimonio gay, los homosexuales en las Fuerzas Armadas, el Concordato con el Vaticano, la laicidad del Estado, la legalización de la cocaína y –por qué no- las nuevas leyes tributarias para el fútbol asociado.

Todo con tal de que no se hable de aquello que aterra en Eisha y en los corrompidos pasillos del palacio de Gobierno: el modelo económico.

La frase que está permitida es esta: “tenemos que hacer más incluyente al modelo”.

Pero allí se quedan los que quieren que todo siga igual porque les ha ido de lo mejor.

¿Qué será eso de “inclusión”?

No les pidas detalles.

No les preguntes en cuánto subirán el salario mínimo vital o el impuesto a los ingresos excepcionales de la gran minería (inmovilizados desde los tiempos de Fujimori).

Ni les preguntes por qué hay tratados de libre comercio que no pasan por el Congreso ni si es que han hecho un cálculo de cuántos puestos de trabajo nos va a costar el disparatado TLC con China.

No, no les preguntes nada. No tienen ninguna respuesta que darte. En el mejor de los casos, gritarán:

-Bayly, sigue dándonos una mano.

O invocarán:

-Alan, dale una mano a Bayly.

El gran problema de la derecha es la agenda.

Lo de la candidatura ya lo tienen resuelto. Su candidata es Keiko, que no debe decir nada por ahora, pero que hará el galope largo del último tramo.

El triunfo de Keiko no sólo hará feliz a la derecha. La reivindicará en cursiva, la limpiará entre comillas, le quitará vergüenzas en negrita y le cerrará viejas fístulas. Recordar la salita del SIN no le dará pesadillas. El viaje circular se habrá completado. Como siempre.

LA PRIMERA fase de esta cirugía reconstructiva es la elección de Alex Kouri como alcalde de Lima.

Pero el asunto de fondo, el tema prohibido, es el manejo de la agenda. Si Clinton viviese entre nosotros ya habría gritado:

¡La agenda, estúpido, la agenda!

martes, 16 de febrero de 2010

º MATAR A LA MADRE (Diario "La Primera" 16/02/10)

“El amor es bueno, pero el dinero es mejor”, ha dicho Elizabeth Espino Vásquez, asesina de su madre, Elizabeth Vásquez Marín.

No sólo se trataba del seguro de vida por 100,000 dólares, que la esperaba a la vuelta del crimen, sino del disfrute de un patrimonio creciente que ella había decidido rematar apenas pudiera.

Hipócritas, algunos fabricantes de editoriales llaman “horror” al crimen de la Espino, “espantosas” a las circunstancias que lo rodearon, “escalofriante” a la confesión de la matricida.

Pero hace muchos años que la señorita Espino construyó, para ella y para sus coetáneos de generación, un paradigma perverso de sociedad y de mundo: aquel en el que la ética está desterrada, la generosidad resulta aburrida, la decencia es una incomodidad y el amor puede ser una frase bien dicha “un 14 de febrero”.

Tuvimos a Sendero, la guerrilla más salvaje y radical de América latina. La tuvimos porque la merecíamos y porque a un país anacrónico tenía que infectarlo una guerrilla anacrónica.

Para combatir a Sendero, entonces, construimos a Fujimori, cabecilla de uno de los regímenes más infames del continente. Es decir, combatimos el crimen con el crimen, el maoísmo mutante con los Colina.

De todo eso bebió la señorita Espino. Pero eso no sería lo peor.

Lo peor sería la impunidad, esa nube de asbesto que nos corrompe por dentro.

¿Un ladrón evidente podía regresar a la presidencia? Sí, podía. Tanto podía que hasta llegaría a trabajar junto a Mario Vargas Llosa en un proyecto altruista.

¿Un Fujimori reciclado podía obtener la amnesia de muchos y el voto de no pocos en las elecciones? Sí, podía.

¿Un alcalde y presidente regional ladrón y fascista podía evitar la cárcel y ampliar, al infinito, sus aspiraciones? Sí, podía. Podía y puede.

¿Y podía jurarse “por Dios y por la plata” y seguir asistiendo al Congreso? Claro que se podía.

¿Y podía, desde el municipio de Lima, robarse caudales públicos en sobrevaloraciones cuantiosas y seguir ostentando un índice de popularidad y aprobación estratosférico? Desde luego que sí.

¿Y podía un lobista con pasaporte americano hacer dinero negro desde el cargo de primer ministro al lado de un presidente que se había ido de putas e inhalado cocaína según un documento policial? Definitivamente, se podía.

¿No abundaba la dignidad en el Perú? No, no abundaba.

Y si todo se podía, ¿también se podía ser como Robinson González y no morir (civilmente) en el intento? Sin duda.

¿Y se podía ser como los Wolfenson, como los Winter, como el señor Crousillat, el que se moría del corazón y ahora se va a Buenos Aires a pegarse los tiros del crepúsculo? Se podía.

Y los que trabajaron con Umberto Jara en “Hora 20”, el inodoro del tardoFujimorismo, ¿podían luego reciclarse y aparecer en Canal 2 haciéndose los posmodernos y los machos cabríos sin memoria? Hombre, ponga usted Canal 2 a las 11 de la noche y ya verá.

¿Y se podía ser Lúcar y volver como líder de opinión? Sin lugar a dudas.

Y mientras eso sucedía, la televisión, que se había vuelto pupila de “Las Cucardas” y cobraba la felación a destajo, sólo sacaba cadáveres violentos, huérfanos de incendios, violaditas de arenal, desbarrancamientos multitudinarios.

De modo que la señorita Espino creció viendo la sangre de la Musiris, primero, y la sangre de la Fefer, después, y, en medio, la sangre de la mamá de la Llamoja, la sangre que los marcas dejaban en cada hazaña, para no hablar de la sangre memoriosa de Tarata, de las fosas comunes llenas de inocentes acribillados, del niño de 8 años asesinado en Barrios Altos.

Como marco de toda esa lección, como pedagogía general, digamos, vino después el “sálvese quien pueda” del liberalismo en dosis de truhán, el “vale todo” de la vieja cultura combi, el “arriba las manos” de los que “la hacen” rematando el país a quien pueda pagarlo (aboliendo todo concepto de Estado, de estrategia nacional, de industrialismo propio).

Y ahora vienen a decirnos qué horrible, oiga usted, alguien que mata a su madre por dinero.

No, hombre, nada de qué horrible. La señorita Espino hizo lo que el sistema de valores aconseja. Que su madre estuviera de por medio resulta una incómoda anécdota, es cierto, pero aquí el asunto es que vivimos en un país persuasivamente anético.

El Congreso, el Poder judicial, el Tribunal Constitucional, los partidos políticos: todo en el Perú parece estar pudriéndose y ser parte del problema.

El matricidio es, al final de cuentas, un hecho personal y diminuto frente al crimen de haber matado al Perú como identidad posible de todos.

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Posdata: ¿Creerá el señor Martín Tanaka que su ideología es invisible, sus adhesiones discretas y sus sesgos sutiles? Pobre señor Tanaka: hace tiempo que, contra lo que él cree, aparece con todo al aire en su papel de fan del sistema “realmente existente”. El señor Tanaka cree que las ciencias sociales son un búnker de concreto que lo protege del escrutinio público. El señor Tanaka cree que ser ambiguo y sibilino es ser aristotélico. No, señor Tanaka: haga usted lo que, con todo derecho, hicieron alguna vez Bernard Henri-Lévy o André Glucksman (siguiendo la tradición de Aron o Maurras): muestre la camiseta por la que juega y sufre. Nadie se lo va a reprochar. Lo que es patético es que se vista de negro y pretenda ser árbitro.

viernes, 12 de febrero de 2010

º EL FRAUDE DE PARACAS (Diario "La Primera" 12/02/10)

Una cierta prensa, conquistada por el lobismo huachafiento, pretende convencernos de que Paracas es un nuevo paraíso costero lleno de posibilidades hoteleras y mares amables.

Así que hasta Paracas nos fuimos hace poco, al hotel “Double Tree-Hilton”, de la franquicia Hilton, con precios dignos de esa cadena que la señorita Paris Hilton se ha empeñado en desacreditar a ver si la convierten en perpetua (a la cadena, digo).

El hotel no está nada mal en apariencia. Al contrario, es de las mejores instalaciones que pueden verse en el litoral próximo a Lima.

Claro que las apariencias engañan. Y una cosa es el cemento y la obra y otra el manejo y la gestión.

Tú llegas y te pueden pasar las siguientes cosas:

a) que la cortina que te impide ser visto desde “la playa privada del hotel” no funcione; entonces vendrá “Mantenimiento” y estará un buen rato haciendo manipulaciones diversas hasta que reconocerá que “no se puede hacer nada hasta mañana porque hace falta un repuesto”;

b) a la mañana siguiente, dos operarias de “Mantenimiento” se pondrán a hacer lo suyo durante más de una hora, hasta que te dirán: “esta cortina no tiene arreglo; tenemos que cambiarla”. El cambio demorará otra hora;

c) querrás bañarte –idiota tú- en “la playa privada del hotel”, pero una señorita, amabilísima, te advertirá: “No se lo aconsejo: hay pastelitos”. Cuando usted pregunte: “¿Y qué son pastelitos?”, la respuesta será: “Unos bichos que le pueden clavar un aguijón muy doloroso; no es una picada tóxica, pero sí muy dolorosa”. Entonces usted preguntará, entre falsamente heroico y patéticamente obstinado: “¿Y si me pongo zapatillas?” La respuesta será digna de una película B de terror: “No se lo aconsejo: las atraviesa”. Entonces usted mirará ese mar quieto, oscuro, ancestral y repleto de algas y malaguas como lo que es en realidad: un decorado más bien sombrío, un mar muerto y de adorno para bañistas desavisados, un cuento chino de peruanos;

d) descubrirás una mañana que el agua del inodoro de tu habitación ha sido cortada; irás a Recepción donde el gerente, que intentará hacerse el hombre invisible porque sabe a qué vienes, y le preguntarás qué está pasando. Te dirá: “Se nos ha roto una tubería”. Tú le dirás: “¿Pero qué hotel es este?”. Te dirá: “Tenemos problemas, señor Hildebrandt”. Dirás: “Más problemas van a tener en Indecopi”.

e) aprenderás muy rápidamente que en este hotel, de cinco o más estrellas, el jefe de cocina, que ofrece sus exquisiteces en un comedor donde el aire acondicionado te cae en la cabeza como una estalactita de 14 grados, no sabe cocinar: sus espaguetis al ajo saben a nada, sus pizzas están semicrudas, sus cebiches podrían provocar el suicidio de Gastón Acurio;

f) otra mañana no podrás entrar a tu habitación porque tu llave electrónica habrá sido cancelada sin ninguna razón; te darán otras dos pero no te ofrecerán disculpa alguna.

En fin, te divertirás todo lo que puedas y lo harás, sobre todo, lejos del hotel: en las siempre fascinantes islas Ballestas, adonde llegarás después de ser parte de un tumulto sudoroso que espera turno en el embarcadero; o en la bahía de aguas oscuras, a bordo de un catamarán impulsado por el buen viento y un buen timonel y mojándote con el oleaje excitado por la embarcación; es en ese momento que, a lo lejos, el hotel parece apenas una silueta inofensiva y te sientes feliz lejos de su mala vibra.

Para que todo termine como empezó, la noche previa a la despedida se desata un temporal de arena, un viento loco y perverso que viene del mar y llena de arena ojos, oídos, cavidades varias. Y a la hora de la partida, una tormenta a todo meter, una “paraca” de naturaleza criminal que convierte el hotel, mal diseñado para estas furias, en un cuartel de la Legión Extranjera.

Sólo un empleado maletero pone las maletas en su sitio mientras la arena nos acribilla y Rebeca, con un pañuelo de seda sobre la cabeza, se bate contra los remolinos de arena sucia y parece la más bella de las guerreras saharawis.

Toda una experiencia.

Como para que la cadena Hilton lo piense otra vez antes de darle tan costosa franquicia a cualquiera.

miércoles, 10 de febrero de 2010

º "LA MUERTE" (Diario "La Primera" 10/02/10)

Siempre es bueno saber.

Inclusive querer saber lo que nadie puede saber.

Yo, por ejemplo, siempre me pregunto cómo será ese asunto de la muerte, ese muy complicado asunto de morir.

¿Será una luz la que te derribe o será un puñetazo de sombra?

¿O será que te recuestas y ya no más? ¿Cómo se apagarán las luces de bengala del cerebro?

¿Habrá un pito parecido al de los monitores de “Dr. House” cuando el cerebro deje de transmitir y vuelva a ser la masa grasienta, apretada por redecillas negruzcas, que siempre fue en el fondo?

¿Será una señal electroquímica, un morse proteínico los que le digan a tu hígado que pare, al bazo que no insista, a tus venas que dejen de esforzarse, al corazón que firme sobre las líneas punteadas?

¿Será un apagón, será un incendio, será helado? ¿Será un tubo de escape o un agujero negro? ¿Una disolvencia a la pantalla oscura?

¿O vendrá, como todos los días, una tibieza a visitarte, una tibieza que esta vez, sin embargo, sacará una daga de la manga y te la clavará en plena barriga?

¿Será que vuelas por un túnel de luz blanca, que ves el resumen de tu vida en un segundo, tal como dicen los que dicen haber regresado?

¿O será, más bien, que te resbalas y caes interminablemente mientras todo latido huye de tus miserias como si de una estampida se tratara?

¿Será una huelga general de neurotransmisores? ¿Un relevo ordenado? ¿Será un golpe de estado del cansancio? ¿Una huelga general de orín y plasma?

¿Será un golpe preciso o un callejón oscuro?

¿Será un párrafo o una palabra? ¿Un segundo o una secuencia sin tiempo, lenta como las pesadillas, inexorable como el miedo? ¿Será dolor o será alivio? ¿Y para cuándo será?

Será, sencillamente. Y será sin cielo y sin infierno, sin atenuantes, sin apelación y sin recodos. Será, sin duda, el episodio más importante de la vida.

martes, 9 de febrero de 2010

º EL VECO (Diario "La Primera" 09/02/10)

El Veco ha muerto de un ataque de su mejor amigo: el corazón.

Sí, porque El Veco era un sentimental.

Y con esto no quiero ofenderlo sino situarlo.

El Veco estaba convencido, desde el corazón, que el fútbol peruano existía, que sus clubes valían la pena hasta dedicarles una vida, que sus dirigentes no se merecían otra cosa que no fuera una cierta anuencia.

Por eso quizá El Veco no usaba su inteligencia para juzgar el deporte agonizante que glosaba sino para armar sus secuencias y hacer atractivo su programa.

Porque El Veco era un hombre cultivado, tal como se exige en la prensa deportiva del río de la Plata. Cultivado y con la labia a flor de piel.

Y su prosa profesional, aunque un tanto rebuscada, es pieza maestra frente a las burradas que en el Perú pasan por columnismo deportivo.

Por eso es que al Veco no le costó mucho instalarse a todo meter en este país donde los periodistas deportivos suelen dar más vergüenza que la selección peruana de fútbol.

Es cierto: El Veco no entró jamás en la mermelada que a tantos endulza la vida, pero tampoco se metió a criticar lo criticable.

Muchos hubieran esperado de él una guía para navegantes perdidos, pero El Veco se sumergió en las honduras de la neutralidad, se sintió demasiado extranjero para decirle sinvergüenza a quien lo era y le puso a su último programa “El show de El Veco”, con lo que ya todo estaba dicho: el show era él.

Nunca nos enteramos en “El show de El Veco” por qué el Perú se desdichaba en el fútbol, por qué sus clubes históricos hacían el ridículo en la Copa Toyota o en la Libertadores, por qué sus dirigentes eran parásitos endémicos –como los de la Federación-, o bobos endeudados –como los Pinasco en la “U” y sus homólogos en Alianza-.

No, El Veco no nos enteraba de nada de eso. Nos hacía creer, gracias a su dicción enfática y a su tono de noticiario recién horneado, que el clásico a jugarse era “el partido del año”. O que hasta el “Alianza Atlético” merecía ciertas venias y guardaba secretos ofensivos (cuando todos sabíamos que el “Alianza Atlético” daba y dará pena).

¿Se acomodó El Veco a la resignación peruana, a la neblina, al cuento de la promesa eterna? ¿O nos quiso hacer el favor de no sacarnos del estado hipnótico, de ese sonambulismo que nos empuja a ver el fútbol peruano como si tuviera todo el futuro por delante y ningún pasado vergonzante pesando como una losa?

Nunca se sabrá. Lo que es cierto es que el éxito de El Veco consistía en ser cauto con los dirigentes, amable con los jugadores, irreprochable con las altas autoridades y, felizmente, siempre diverso y universal: por su show sí desfilaban los magos de la Fórmula 1, los reyes del tenis, los amos de las motos de 250 centímetros cúbicos.

Sobradamente alfabeto, uruguayo hasta la orilla del frente, poeta a su manera, correcto siempre, El Veco se ha ido dejando la radio huérfana de toda orfandad. Los que quedan, en su emisora y en las que por allí gritan, no alcanzarían ni para ser sus asistentes.

Hasta la vista, Emilio.

viernes, 5 de febrero de 2010

BAYLY Y LA CORRUPCIÓN (Diario "La Primera" 05/02/10)

Jaime Bayly ha llegado a tener seis puntos de intención de voto en Lima.

Su “nicho”, su público, su respaldo light –y quizá mudable- está entre los jóvenes de 18 a 30 años de los niveles sociales A y B.

No parece ser esta encuesta de la Universidad Católica motivo suficiente para que el baylismo limeño haga la fiesta que está haciendo.

Pasar del 6 por ciento capitalino y acomodado a ganar una elección nacional se presenta como una larga marcha. Pero lo que es indiscutible es que Bayly ha obtenido, en un mes de provocaciones ingeniosas, lo que a otros les cuesta años y lo que otros pierden en unos pocos meses.

La fragua de Bayly, políticamente hablando, es su bien ganado narcisismo. Es un escritor torrencial y muchas veces talentoso, un comediante triunfal, un comunicador nato, un neurótico indiscreto y perverso que es capaz de anunciar pesares ficticios y hablar como un notario helado de su propia, inminente y fantasiosa muerte.

Bayly ha llegado a amarse tanto que si pudiera desdoblarse del todo se casaría consigo mismo.

Es también socialmente inimputable y ha logrado, gracias a su simpatía, que se le perdone todo. Las barbaridades que ha escrito, su admisión pública de que “no tiene puta idea de para qué quiere ser presidente”, su prochilenismo fervoroso que lo empuja a plantear la virtual desaparición de las Fuerzas Armadas peruanas, sus oscuras escaramuzas con aquel amante argentino llamado Martín, su degradante persecución en contra de Diego Bertie –supuesta y ocasional pareja precoz del ahora candidato-, toda esa montaña de desatinos habría sepultado las ambiciones de cualquier mortal común y corriente.

Pero Bayly parece tocado por un dios pagano que lo aurolea de teflón y agüita santa, un ángel de la guarda que no lo desampara ni de noche ni de día (sobre todo de noche).

Pero si las locas ambiciones –locas pero legítimas- de este ego omnívoro explican parte de su candidatura, lo cierto, lo dolorosamente cierto, es que Bayly no estaría en la lid electoral si la clase política peruana hubiese hecho una mínima parte de sus tareas.

Es la ruina de la política peruana y el desastre de la educación aquello que explica, en el fondo, el fenómeno Bayly.

Si los partidos son siglas, vientres putos de alquiler, aglomeraciones sin ideas claras, o maquinarias enormes donde las elecciones internas se manipulan y envilecen –tal es el caso del Apra-, ¿qué pueden pensar los desafectos más jóvenes? Pues que un revulsivo esperpéntico nos puede caer bien. Bayly es un astuto fruto del desánimo de muchísimos jóvenes, de su asco por la política, de su rechazo a la farsa. Que quienes rechazan la farsa apuesten por Bayly parece una ironía autoinfligida. Y que su nicho electoral esté en las clases altas da una idea de que, en materia de valores, el desastre educacional del Perú va de la cima a la sima.

Si gente como García, Kouri, Castañeda -y muchos otros más- demuestran a diario que en el Perú la ética está demás y que valores como la honradez, el cumplimiento de la palabra empeñada, la prolijidad en el manejo del dinero público, han dejado de existir, ¿con qué vigas sostenemos la ilusión de país y de nación y de propósitos comunes?

Esto es una escombrera. De este Haití ético que es el Perú de hoy, puede salir cualquier ocurrencia, la más tesonera extravagancia, el capricho más ridículo.

Pero la escombrera también tiene una causa. Y esa causa es lo que podríamos llamar la actual hegemonía de la corrupción.

La corrupción es vieja en el Perú. Pero quien mejor la organizó, quien la convirtió en institución intersectorial y en manual de magisterio fue Alberto Fujimori.

Y en muchos aspectos, el fujimorismo, como clima y nube tóxica, sigue siendo protagónico.

El primer síntoma de esa supervivencia es que en el Perú actual ha crecido aún más la legión de ciudadanos que piensan que el robo es inevitable y que la coima tiene mucho de natural.

Esto no es anomia. La anomia es la prescindencia distante de leyes y de normas sociales.

Lo que pasa en el Perú actual es mucho más profundo y escabroso. Aquí se aprecia, se estima, se alienta la corrupción.

Un corrupto exitoso en el Perú –y sobre todo en Lima, el epicentro de este cáncer- es alguien a quien muchos admiran. Mezcla de machismo, ignorancia, arribismo y propensión a tomar todos los atajos que se presenten, esta cultura de la corrupción, esta autorización tácita para que los encumbrados violen la ley o se hagan de fortunas vertiginosas, ha logrado arrinconar a la virtud y encumbrar a la fechoría llamándola “pragmatismo” y aun normalidad o destino.

Es cierto que en Chile o en Ecuador –o en Colombia y Brasil, para no hablar de los Estados Unidos- la corrupción asoma su pezuña de vez en cuando.

Pero, por lo general, cuando un escándalo de este tipo estalla en esos países hay un cierto revuelo, una sanción social, una intervención muchas veces enérgica de jueces y fiscales.

En pocos países la corrupción se premia o se celebra. Mi país, tocado por una infección de la que ya hablaba hace un siglo González Prada, ha desmantelado, gracias a García, el sistema que permitió encarcelar a algunos malandrines.

Es cierto que hubo un paréntesis de luz en todo este proceso. Y ese tramo soleado tuvo un nombre: Valentín Paniagua.

Pero recordemos qué pasó después. Después llegaron Toledo y PPK a “restaurar el orden”. Entonces supimos que había una delgada línea roja que unía al hotel “Melody” con la fuga de Schutz, a Maiman con el lobismo aventajado de los amigotes de Toledo.

El fujimorismo había vuelto. Pero este era más letal.

Porque a Fujimori lo enfrentamos quienes estamos convencidos de que la democracia es irremplazable. Y entonces fue la batalla entre el despotismo sin ilustración de Fujimori y los valores de la democracia.

Con Toledo, para nuestra desgracia, se desacreditó la democracia. El mecanismo de regeneración del Perú se atascó en los negocios de las licitaciones y las concesiones. La transición se volvió intransitiva y murió con Paniagua.

No necesito abundar en detalles respecto de lo que ha significado el retorno de García.

Ese retorno ha sido la confirmación plena de que en el Perú la tendencia mayoritaria es considerar el bandidaje político como un asunto menor.

No digo que el señor Humala hubiese hecho un buen gobierno –en realidad, con la maleza que arrastró al parlamento habría hecho un gobierno espantoso y anarquizante-. Lo que digo es que tuvimos la oportunidad de elegir a Lourdes Flores, una mujer de centro y hasta ese momento sin tacha alguna, y la desperdiciamos. Optamos por “el mal menor”.

El costo de esa opción ha sido enorme. Nunca sabremos cabalmente de qué tamaño es el actual saqueo del presupuesto nacional y de qué modo la podredumbre ha cundido, de arriba a abajo, desde la cabeza malograda a la circulación periférica, en los ministerios, los municipios, los gobiernos regionales, las instituciones.

Un problema mayor es que la corrupción que padecemos es incompatible con el capitalismo y el mercado. La corrupción no sólo roba sino que desalienta a la honestidad y destruye la meritocracia.

Si para ganar una licitación es mejor ser amigo que ser mejor y si algunas decisiones sobre gasto e inversión pasan por ciertas covachas del compadrismo porteño, ¿de qué liberalismo hablamos?

El capitalismo creador que cambió al mundo no se hizo con lodo sino con trabajo y con valores.

Un maremoto mundial lo ha cambiado casi todo. Lo que hacía Henry Ford ahora lo hacen gansters de la banca.

Pero volviendo a lo nuestro: si el Apra es ese padre que devora a sus hijos, si la oposición es ese silencio, si la prensa del entretenimiento ha derrotado a la prensa seria, si los partidos deambulan en busca de un líder perdido, entonces nadie debería sorprenderse ante lo que está sucediendo: Bayly propone terminar de vender el país y, al mismo tiempo, plantea una revolución. Esa revolución, sin embargo, se detiene en el matrimonio gay, o en el concordato con Roma. Quietismo en lo económico –para que acabemos de cerrar lo poco de industria que nos queda- y audacias de segunda para el cojudeo. Buena fórmula. Malos tiempos.

jueves, 4 de febrero de 2010

º UN TACHO DE BASURA (Diario "La Primera" 04/02/10)

Uyuyuy. Lo que “Perú 21” ha publicado ayer en relación al robo de 21 millones de soles perpetrado en el municipio de Castañeda Lossio, tiene ribetes surrealistas.

Como se sabe, fue el diario audaz del grupo “El Comercio” el que descubrió hace semanas un hecho que comentamos en esta columna y que tenía que ver con un arreglo al que llegó la gente de Castañeda y la de “Relima”, la empresa encargada de recoger la basura de las calles.

Resulta que el municipio de este mudo tenaz –habrá un día que cante en sol mayor- le debía a “Relima” 36 millones de soles por servicios de limpieza no pagados.

La gentita de Castañeda, entonces, a nombre de Castañeda desde luego, en su representación por supuesto, le dijo a Relima: “te pago tus 36 millones de soles, pero en diez años”. Eso fue en diciembre del 2005.

Relima, que es una empresa con fama de peleona, aceptó, atracó, se agachó.

Los que supieron del tema, los poquísimos que supieron del tema, se preguntaron:

-¿Por qué Relima acepta el maltrato de ver una deuda pateada a diez años siendo que el Perú está próspero, Lima construye como loca y la deuda estaba reconocida como legal y válida por las autoridades ediles?

La respuesta llegó a los poquitos días, a los cinco días para ser precisos. Porque a los cinco días de decir “sí, acepto que me patees la deuda”, “Relima” cogió los papeles de la acreencia y le vendió la deuda total a una empresita fantasmagórica, menos que ínfima, pendencieramente nueva, llamada “Comunicore”.

¿Y en cuánto le vendió “Relima” a “Comunicore” la deuda de 36 millones de soles? En catorce millones y seiscientos mil soles. ¿Barato, verdad?

La venta estipulaba que “Relima” recibía sus catorce millones con seiscientos mil soles y que “Comunicore” se ponía a pelear con el municipio de Castañeda para ver si así obtenía plazos menores y cuotas más altas. Eso prometía ser una gran batalla.

Pero “Comunicore” no necesitó batallar con el municipio de Castañeda. No necesitó abogados ni procesos ni esperas.

A las dos semanas de haber comprado la deuda de “Relima”, los muy anónimos ejecutivos de “Comunicore” lograron una hazaña: ¡que el municipio de Castañeda les pagara la deuda total de un porrazo! Algo por lo que “Relima” había luchado por un largo tiempo.

De modo que Castañeda Lossio y su gentita giraron un cheque por 35 millones y 900 mil soles en favor de los rápidos y eficacísimos talentos de “Comunicore”.

Es decir que “Comunicore” se ganó, con la rapidez metafóricamente comparable a la de un escapero, con la astucia y firmeza de un cogotero de altas cualidades (perdonen la licencia literaria), “Comunicore”, digo”, se embolsicó 21 millones de soles y un buen sencillo de un solo zarpazo.

Parecía una sucia trama del cine silente, con el redundante mudo haciendo de Fairbanks y ninguna Perla White (pero sí muchas perlas) en el elenco.

Lo que ayer ha salido en “Perú 21”, sin embargo, potencia esta historia a la altura de “Cara cortada”, a los mejores guiones del cine negro.

El periodista Daniel Yovera ha descubierto que la tremendamente exitosa “Comunicore” decidió, después de recibir los 36 millones castañediles, cerrar.

¿Qué? ¿“Comunicore” decidió cerrar después de ese exitaso que la volvió millonaria con un solo cheque?

No sólo cerró. El directorio del éxito, el que había logrado que Castañeda pagara lo que siempre se había negado a pagar, se disolvió tres meses después de su hazaña. Y no sólo eso: el dinero obtenido fue enviado al extranjero (¿quizá porque afuera es más fácil reenviar y repartir en cuentas “off-choro”?).

Yovera ha llegado a revelar que los directores que, en marzo del 2006, reemplazaron a los originales en “Comunicore” fueron:

a)un cerrajero con estudios primarios y vecino de Comas, llamado Teodardo Rojas Aróstegui;

b)una señora iletrada que vive en una de las zonas más pobres de Comas y tiene el nombre de Margarita Esteban Aróstica (nombrada gerente general de “Comunicore”);

c)un vendedor ambulante, también domiciliado en Comas, llamado Joel García, el que fue nombrado “presidente del directorio” de “Comunicore”.

Pero hay más en este festín de carcelerías futuras: estos tres personajes –el honesto cerrajero, la venerable ama de casa sin estudios, el pundonoroso vendedor ambulante- se fueron un día a una notaría de La Oroya –sí, de La Oroya- y borraron el nombre de la empresa.

Por eso es que en mayo del 2006 “Comunicore” dejó de existir y fue reemplazada por “Esaróstica Contratistas Generales” (“Esaróstica” es una obvia variante de Aróstica, el nombre de la inverosímil gerente, vecina de Comas, que ahora no da la cara).

La empresa hasta cambió de domicilio.

¿Y qué domicilio dio esta esdrújula e inexplicable “Esaróstica Contratistas Generales”?

Pues en esa notaría de La Oroya dio una dirección que es la misma en la que hoy despacha –nos cuenta Yovera- el señor Miguel Garro Barrera, que fuera gerente financiero de “Relima” en la época del trato con Castañeda.

¿Y los concejales humalistas, qué dicen?

¿Y los concejales apristas, dónde están?

¿Alguien ha visto a ese simulacro de contralor que nos clavó García?

¿Y los medios, en general, cómo pueden callar cosas como estas?

Castañeda quiere ser presidente de la República.

Si Castañeda llega a la presidencia, el más feliz será Alan García. Porque Castañeda es la garantía de que a García no lo investigarán, con lo que habrá llegado a la marca mundial de obtener una segunda impunidad.

Mientras esa trama se mueve, Kouri, el hermanito de Beto, el que le pidió a Montesinos que favoreciera a un pariente cercano acusado por narcotráfico, desea llegar a la alcaldía de Lima.

Si Kouri llega a la alcaldía de Lima, el más feliz será Luis Castañeda Lossio. Porque la llegada de Kouri –el artista de Convial, el mago de la remodelación de la avenida Gambetta, el horrísono contertulio de Montesinos en el SIN- garantiza que Castañeda no será investigado desde el municipio que la banda del SAT ha deshonrado.

Kouri protegiendo a Castañeda. Castañeda protegiendo a García. Esa es la jugada.

Mientras tanto, distraigamos –dicen estos forajas- al público con Jaime Bayly, que lo único que no ha dicho es que fue un fujimorista eficaz y medroso (y hay pruebas escritas al respecto).

Distraigamos a la gente –dicen los forajas.

“No vaya a ser –añaden- que la gente se empiece a fijar en “Relima” y en los cubos de basura. Porque la basura, por lo general, apesta.

miércoles, 3 de febrero de 2010

º RECUERDOS DEL 2011 (Diario "La Primera" 03/02/10)

La situación actual del Perú resulta inexplicable si no se entiende algo de lo que significó Fernando Belaunde Terry, el fundador de lo que podríamos llamar la era moderna de nuestra política.

Gran personaje, con más sombras que luces en el balance, Belaunde siempre entendió el poder como un servicio público sostenido por su intachable ejemplo personal –y en eso se equivocó: solía rodearse de angurrientos aprovechadores que sólo él no detectaba-; y la administración como algo que podían hacer “los técnicos” –y en eso se equivocó más aún: sin resolver el asunto de las metas –y eso es rol del líder- los técnicos no sirven para casi nada.

Parecía tan distante de las miserias humanas y tan limpio respecto de los escándalos que sus colaboradores se empeñaban en protagonizar, que Belaunde daba la impresión de ejercer un reinado, entre fantástico y bien intencionado, y de pertenecer a una estirpe de caballeros sólo interesados en dar batallas, mucho más que en ganarlas.

Podría decirse, abusando del idioma, que Fernando Belaunde Terry fundó la casa Borbón -filial de Lima- y reinó hasta donde pudo en dos periodos que dejaron al país tan destrozado como cualquier 1898 peninsular. Hasta en eso fue fiel a su linaje y a esa hispanofilia de la que alguna vez me habló, con elocuente admiración, Luis María Ansón, el que fuera director del ABC de Madrid.

Aristócrata del espíritu, aunque honrado como pocos y austero hasta el fin de sus días, Belaunde, que era conservador pero no pertenecía a La Caverna, encabezó, con muchos jóvenes al frente, una revolución mestiza que en 1956 lo llevó a las carátulas de “Caretas” –famosa es su foto blandiendo el índice derecho ante un oficial de la policía- y en 1963, previo arreglo de dudoso gusto con los milicos que habían vetado a Haya de la Torre, al peldaño más alto del poder. Del poder formal, se entiende. Porque el poder real jamás lo perdieron los muchachos y muchachas que salían, jugando polo o asistiendo a alguna recepción, en el mundo del papel cuché.

Llegó don Fernando a ese remedo de palacio limeño el 28 de Julio de 1963 y sus enemigos tejieron, de inmediato, diversas historias, a cada cual más improbable y la una más maligna aún que la otra.

Decían sus enemigos que a don Fernando le dio un patatús al ver esa imitación disminuida de patio sevillano.

¿Eso era el patio sevillano? –dicen que dijo.

¿Ese el escudo original de Lima? –dicen que preguntó.

¿Y esos muebles con olor a nuevo eran el mobiliario de su despacho? –dicen que se preocupó.

¿Y por qué no estaba algún Primo de Rivera para ser nombrado ministro de la gobernación? –dicen que deliró.

¿Y Sagasta, qué habían hecho con él? –dicen que dijo al borde del enfado.

¿Y ese negro del retrato, era Ricardo Palma? –dicen los calumniadores que preguntó.

¿Y no había angulas sino cebiche? –dicen que preguntó.

Sus adversarios, que no eran pocos y que venían del Apra, convertida en sicariato parlamentario de la derecha, y de La Caverna, donde el benavidismo de siempre y el odriismo de 1962 se habían vuelto a juntar, dicen que sólo don Manuel Ulloa, que tenía la pinta de un califa de Córdoba, pudo convencer a Belaunde de que no podía anexar el Perú a España, aunque, añaden, jamás pudo impedir que don Fernando llamara Retiro al Parque de la Reserva, Cibeles al óvalo de Miraflores y Almudena al cementerio del Ángel.

Lo cierto es que cuando Belaunde dio su primera Cédula Real sobre “La naturaleza de las llamadas encomiendas”, que es una manera festiva y novelesca de nombrar aquello que algunos jóvenes que le servían llamaron reforma agraria (o algo así de pomposo), dicen que creyó estar dando la Ley de Amortizaciones más importante de la historia peruana, considerando al virreinato en esa historia, por supuesto.

Y dicen que cuando Hugo Blanco apareció, barbudo y sin cinturón, en la ciudad del Cusco, este acaecido monarca de nombre Fernando (el Belaunde), visigodo de pensamiento, intentó convencer al rey de Francia, o sea a De Gaulle, para que le enviara sus mejores carromatos de batalla, sus más potentes catapultas y lo mejor de su infantería de lanceros. Estaba convencido de que Blanco era, en realidad, un bárbaro germánico que quería acabar con la civilización tal como la concibió Felipe el Hermoso.

Y para Belaunde la civilización también era hablar imitando a Castelar, beber vino del Duero, besarse en francés, despedirse en torpe inglés, echarle lacre a los sobres oficiales y honrar al Cid, señor eterno de la gloria errante.

Lo rotundo es que en 1968, cuando Belaunde fue sacado en pijama de Palacio, el Perú era una caricatura de país. Y “El Comercio” de don Luis Miró Quesada –no lo olvidemos- se pronunció a favor del golpe nasserista de los militares.

Cuando Belaunde, muchos años después, llegó de nuevo al poder ya era otro el Perú y él mismo había dejado atrás algunas de sus melancolías más ibéricas.

Pero siguió pensando que la palabra debía de ser ampulosa y que no había mejor manera de combatir al enemigo que negándolo.

Por eso no le hizo caso a Sendero, hasta que un día las bombas le reventaron en la puerta de su casa partidaria –en pleno Paseo Colón- y fue entonces que se dignó a nombrar a un pacificador plenipotenciario, a un La Gasca que impusiera el orden entre “hermanos enfrentados”, que es como llamaba a las encarnizadas tribus en batalla.

El problema es que para el cargo nombró al general Clemente Noel Moral, un hombre formado en Chorrillos, deformado en la Escuela de las Américas y convencido de que Videla era una fuente de inspiración.

De modo que este general hizo todo lo que estuvo a su alcance para que los lugareños odiaran al ejército, dudaran ante Sendero, desconocieran al Estado y, paulatinamente, se plegaran a la guerrilla polpotiana inventada por ese señor que se decía kantiano (o sea Guzmán).

Cuando Noel Moral dejó el cargo, después de varios miles de muertos que incluían a los mártires de Uchurajay, Sendero había dejado de ser una columna de forajidos montañosos y se había convertido en un movimiento de masas que llegaría a poner en jaque al Perú.

Tan mal lo hizo el segundo Belaunde –aquel que el exilio había plebeyizado casi a la fuerza- que, al final de su periodo, el país, masoquista por lo general, había construido la figura y la fama de Alan García, que llegó a escena para robarse el show y al poder para robarse todo lo que pudo.

De modo que casi podríamos cantar, en homenaje a Belaunde, aquello de que están clavadas dos cruces en el monte del olvido. Una cruz fue la crisis de 1967 y la devaluación devastadora, mezclada con la corrupción, que convocó a los militares de izquierda a hacerse con el poder y a ensayar una fórmula que aterrorizó a las derechas reunidas del Perú y terminó fracasando políticamente y alentando todas las restauraciones posteriores.

La segunda cruz fue la del apocalipsis peruano de 1985 a 1990, cuando el país, en llamas, vio al Apra del Enci y de los Epsa, de León y Cornejo, de García y su círculo, asaltar las bóvedas del erario, perder la guerra con Sendero y desatar una inflación de estirpe húngara que a los pobres condujo a la miseria extrema y a los míseros al puro y duro hambre.

De ese barro aprista, corrompido y acompadrado, fue moldeada la figura de Alberto Fujimori, auténtico invento de Alan García cuando vio que las otras candidaturas no prendían, que Vargas Llosa podía llegar al poder y que él corría el riesgo de terminar en la cárcel (como debió de ocurrir).

Hay que recordar estas cosas ahora que algunos proponen que la política peruana se recupere con un baño de frivolidad atorrante. O, como en el caso de Kouri o Castañeda, ensaye la opción de la más absoluta falta de valores.

Que un país que sufrió, hace menos de dos décadas, decenas de miles de muertos y una guerra civil virtual que casi lo aniquila, que un país así, digo, invente opciones electorales estúpidas o sin ética es algo que sólo la psiquiatría social puede explicarnos.

martes, 2 de febrero de 2010

º VIENDO LA TELE (Diario "La Primera" 02/02/10)

Hago de sapo, de buscador, de viajero inmóvil y me pongo a ver la tele del domingo por la noche.

Qué cosas. Primero está “Cuarto Poder”, dominado por los romos, con su gerente boliviano y sus estrellas traídas del alto Perú de Eisha.

La verdad es que el reportaje sobre César Gutiérrez, aspirante a sinvergüenza, y la tal Lily Lemaster, con MBA en la materia, aportó chismografía y poco más. Nada sustancial ni de fondo.

Y eso de obtener primicias de empleados de la embajada estadounidense –con horas extras en la de Israel de puro amor por la redundancia- como que ya fatiga. Eso de tener al juez Barreto o a la fiscal Zutanita como reporteros ciudadanos parece un poco holgazán.

Después está el tono del señor Tola, que tiene la energía de la horchata y el énfasis comunicador de un físico cuántico que acaba de perder el premio Nobel. ¿Por qué no le pondrán ají en el teleprónter, vitaminas en la copiandanga, un spray de limón en la nariz?

Nadie discute que “Cuarto Poder” es lo más visible de la tele, pero el problema profesional que padece, de manera notoria, es que nadie califica los temas, analiza su importancia o corrige los textos.

Un ejemplo espantoso de esos textos salvajes que a nadie preocupan y que cabalgan como ganado indio por la planicie es el señor Thorndike, alguien que alguna vez se insinuó como un reportero importante pero que ahora es un “Norky’s” hablado y con eructos.

Su texto sobre Paracas, el domingo pasado, llegará a ser citado por los profesores de la de Lima como ejemplo de lo que jamás debe hacerse.

Cegado por una labia casi narcótica, llama “prístinas” a las aguas de Paracas, “graciosos” a sus pingüinos, y “cautelosos” a sus lobos marinos (y cómo no van a ser cautelosos con los animales erguidos que por allí merodean).

Para esta hechura de la antiescuela de “Cuarto Poder”, las conchas de abanico, por supuesto, “brillan imponentes” y, por supuesto también, potencian la función sexual (con comentario personal incluido). Y para terminar se lanza desde el sétimo piso del asilo retórico donde yace: “Nos vamos (de Paracas) con el atardecer en el alma reposada”. ¿Con el atardecer en el alma reposada? ¿No será con el alma “atardecida”?

¿Y el doctor Guillotin? En “Cuarto Poder” no hay corrector. Es un semanario televisivo liberal y sin censuras.

Antes de Thorndike me he pasado un rato al canal del hombre que, nacido en Tel Aviv, recaudó en Lima 20 millones de soles por sufrir por nuestra libertad y he visto a Lúcar haciéndole gracias y vendiendo indulgencias a César Gutiérrez y a su distante y huidiza mujer.

La verdad es que antes Lúcar daba repeluz. Ahora da risa. Claro, al exculpar, a priori y de modo tajante, a Gutiérrez y a su dama de compañía, está cundiendo el mensaje que los Crousillat, sus amos perpetuos, quieren que cunda: nadie es corrupto, nadie merece críticas, nadie está bajo sospecha (a no ser que te llames Mauricio ni sé cuántos y hagas pizzas feas y seas un bufón involuntario; o que seas un medicucho del Sabogal, aunque jamás debes meterte con el hombre de la plata, el jefazo de Essalud, el que lobistea aquel humorista en planilla).

Paralizado, he seguido en el 2 y he visto un festín doméstico de veras perturbador.

He visto a José Barba diciendo que piensa en serio en Bayly como presidente de la República. Yo hasta ahora había tocado el tema Bayly con el buen humor que podría merecer, pero creo que es hora de decir algunas cosas.

Barba es un hombre inteligente, un amante del tabaco cubano, un bon vivant de éxito, un congresista que se hartó y un embajador que pudo hastiar con sus humos y su locuacidad. Pero hasta ahora toda la trayectoria de Barba pertenecía a la primera división de la política. ¿Qué hace en el potrero de la nada?

Si su problema es no perder vigencia y aliar su sigla inscrita en la ONPE con alguna fuerza que lo devuelva a la notoriedad –para no envejecer en el anonimato y no escarbar álbumes amarillentos como consuelo- ¿qué hace con un Bayly que ayer escribió en su columna de “Perú 21” esta frase que es toda una doctrina moral y un programa de gobierno?:

“Quiero ser presidente –escribe Bayly- y sueño con ser presidente y trabajaré como un poseso para intentar ser presidente y lo más curioso es que no tengo la más puta idea de por qué carajo quiero ser presidente, sólo siento que es algo que está en mi destino envenenado y que en esta hora decisiva no debo ser un cobarde y esquivar la cita con el destino malhadado...”

Un asunto de estilo: ¿el destino es envenenado y malhadado en un solo y breve párrafo? Aparte de cacofónico, ¿qué quiere decir? ¿A qué parte del destino pertenece Barba en la vida de Bayly: al veneno o a esa negra fatalidad que parece siempre llamarlo? ¿Alguien dijo cantos de sirena?

No sé si Bayly requiere de un lavado gástrico o de un suicidio. Lo que sí sé es que Barba va rumbo a ambas metas si sigue con esas juntas.

Una pregunta a Barba: José, ¿la política arruinó tanto tus expectativas que debes llamar a estas proclamas (“no tengo puta idea de por qué quiero ser presidente”) “debate de ideas”, “aporte al diálogo”, “luz para la democracia”? ¿Tanto daño te hizo el Apra, José, como para que tuvieras la autoestima en el subsuelo J de un retail panameño?

¿Por qué diablos no te presentas de una vez, con tus bártulos y tus ideas –que sí valen la pena- en vez de estar haciendo de padrino de alguien que llama “cabrones de mala entraña” a su papá, a sus hermanos y a su tío Bobby, a quien acusa, además de cabrón de mala entraña, de amarrete y maricón? ¿Ha imaginado Barba a qué mundo acaba de entrar con el estrépito de la farándula y la ceguera de aquellos a quienes los dioses quieren perder?

Bueno, pero si Barba es cierta decencia confundida luego aparece Ghersi. Y a este sí no le creo ni los monosílabos ni la corbata ni la presuntísima existencia de su alma.

De modo que me paso al 5, donde Cayetana Aljovín hace enormes y triunfales esfuerzos por no existir. Periodismo suizo de hibernación a la espera de que alguna maña sentenciosa y judicial saque a Schutz de las alcantarillas desde donde da órdenes, órdenes subterráneas y con eco y con ruido de chapoteo de pies en aguas inmencionables.

De modo que allí acaba mi fugaz paseo por la tele. Está tan buena la tele que la lectoría de periódicos debería haber crecido quinientos por ciento. ¿No lo ha hecho? ¡Qué tal problema! ¿O es que la tele y la gran prensa y la gran radio (y la gramputa, para citar a Ortiz) son la misma gran cosa?