Se ha muerto Enrique Congrains, el Dante que nos llevó a conocer los arrabales a los muchachos que estábamos seguros de que Lima no tenía marujas ni infiernos, el De Sicca del realismo urbano que nos paseó por los parajes negados y que hizo por el descubrimiento de la ciudad lo que Alegría y Arguedas habían hecho por el descubrimiento del mundo andino.
La cruel descripción que de él hizo Vargas Llosa en su autobiografía precoz la devolvió Congrains diciéndole a todo el mundo, la última vez que estuvo en Lima, que para él quien mejor escribía en el Perú era Gregorio Martínez.
Vargas Llosa lo pintó, con cuatro crayolazos maestros, como un fenicio chiflado que lo mismo podía vender pulidores de ollas que novelas y que escribió desde los cuentos de “Lima, hora cero” hasta la novela breve “No una sino muchas muertes” con el único propósito de ir de puerta en puerta ofreciendo su mercadería textual al contado o en cómodas cuotas mensuales.
La verdad es que Congrains nunca fue un escritor al que le sobraran brillos y también es verdad que su asilo en el realismo seco y duro parecía más una coartada que un modo de entender la literatura. Y es que el realismo tiene que ser el de un Dos Passos o el de un Solztjenitzin- –realismo-río, plenitud mediocre, laborioso retrato de penurias- para llegar a ser arte. Y lo de Congrains tenía enormes méritos pero como que dejaba ver costuras, propósitos de conmover, trucos dramáticos.
También es cierto que nuestra crítica oficial fue siempre roñosa con Congrains. Pero eso no es de sorprender. Con la excepción del Oviedo original y del González Vigil de siempre, ¿de qué crítica podemos hablar que no sea esa que Clemente Palma podría reclamar como suya?
Como los críticos con diplomas lo ignoraron, Congrains se reafirmó desapareciendo. Y un día partió míticamente a Venezuela, donde hizo negocios inverosímiles que terminaban tas con tas con el fracaso, y otro día acoderó en Cochabamba, donde escribió sus dos últimos y olvidables libros. La última vez que estuvo en Lima, hace dos años, un sector de escritores reconoció su deuda con él y la saldó con algunas semblanzas y uno que otro ágape más bien chifoso. Las “autoridades” brillaron gracias a su ausencia.
Congrains tuvo el mérito de descubrirnos, proféticamente, el infierno de Lima. Necesitaríamos cien Congrains para novelar la pesadilla que es Lima hoy. Porque si los críticos jamás homenajearon a Congrains, quien le rindió culto y tributo fue Lima, que cada año se pareció más a sus libros y que hoy es como el borrador del libro crispado que Congrains debió escribir.
En todo caso, prefiero, como lector, a Congrains y su rudeza de arenal y estera que a los escritorcitos ovejados (meeeeeeeeee) que hacen todo lo posible por seguirle la corriente a los que cortan el jamón. El jamón serrano, claro está. Porque hablamos de una promoción de evasores que el viejo Lara y sus pandillas han domesticado desde el Planeta del entretenimiento. Porque para Lara todos los libros debían ser para el bolsillo. Y Planeta jamás hubiera editado a Congrains.
jueves, 9 de julio de 2009
miércoles, 8 de julio de 2009
º FALLECIÓ ESCRITOR PERUANO ENRIQUE CONGRAINS (Diario "La Primera" 08/07/09)
La caviarada de la Católica rinde un homenaje a Fernando de Trazegnies, el fujimorista desvergonzado que fue lavavajillas, mayordomo y, en sus ratos libres, dizque canciller de la Manchuria andina que era el Perú de Fujimori.
Me encantan los caviares. Me fascina su hipocresía, sus idas a la embajada de los Estados Unidos cada 4 de julio (a ver qué ayuda pescan, a quiénes saludan, ante quiénes se lucen), su banquete de palabras vacías, sus ocurrencias suicidas (como esa de inventar, a través de un cálculo aleatorio, el número de víctimas del fascismo en la época del contraterror), sus tarjetas de platino, sus discursos de tungsteno.
Pero lo que más me gusta de los caviares, más allá de algunas de sus mujeres y muchas de sus corbatas Oscar de la Renta, son sus homenajes.
Ellos sí que saben apapacharse, cubrirse de auxilios mutuos. Y, en ese aspecto, la Católica es antro consumado de homenajes a gente que no vale la pena, a farsantes que pretenden olvidar y a abogados a tanto la hora que quieren pasar por académicos del derecho.
Esto de Fernando de Trazegnies, con libro y todo, es patético.
¿A quién le rinde tributo la Católica?
¿Al Trazegnies que ahora se dice apolítico y casi neutral o al sirviente del fujimorismo que en diciembre de 1998 decía, a voz en cuello, que los derechos humanos eran “un producto del Occidente liberal” y que, por tanto, no podían imponerse a todas las culturas?
En el blog “Desde el tercer piso” se acaba de recordar algunas de sus intervenciones más rastreras:
-En junio del 2000 le decía a “La Prensa”, de Managua, que el tercer fujimorismo iba a ser “un salto hacia adelante en el fortalecimiento de las instituciones democráticas”.
-El 11 de noviembre del 2000 declaraba ante “El País”, de Madrid, que Fujimori lideraba “una transición seria, ordenada y transparente, porque si él dejara de serlo Perú podría convertirse en un caos”. Ocho días después, como lo recuerda el citado blog, Fujimori pasaba de Brunei a Tokio, desde donde enviaba, por fax, su “viril” renuncia a la presidencia de la República.
-En esa misma entrevista a “El País”, De Trazegnies se refirió así al ladrón y asesino serial que decía ser asesor presidencial y solía llamarse Vladimiro Montesinos Torres: “Montesinos ayudó mucho en la lucha contra el terrorismo, que tuvo sus excesos y errores pero que no supuso una violación de derechos...”
O sea que Martha Chávez era Evita y De Trazegnies Adán en el paraíso taboádico del fujimorismo. Y a este señor, que merecería ser entrevistado por el falso marqués Valero de Palma, es a quien la Católica, esa cuna del humanismo liberal, va a subir al podio de los ciudadanos ejemplares. Como si en la trayectoria de un catedrático y de un intelectual no pesaran sus miserias morales. Como si fuera lo mismo ser un Chocano leguiista que un Vallejo en París con aguacero. Como si la biografía de De Trazegnies se hubiese grabado sobre teflón.
Por eso es que los caviares son humoristas involuntarios de tanto éxito.
-------------------------------------------------------------------
Posdata: qué prensa tan aldeana la que tenemos. “El Comercio”, nuestro diario de exportación, no trajo ayer ni una sola línea (repito: ni una sola) sobre la muerte de Robert McNamara. “Correo” le dedicó una piltrafa interior, pero cumplió con dar la noticia. El único que dedicó un espacio razonable a tamaña desaparición fue “La República”. Todos los demás –qué pena: todos- siguieron ofreciendo el menú con hándicap de cada día. “Leches aguadas, cajamarcas crueles...”, que decía Juan Gonzalo Rose. Pobre prensa peruana. Terminará como parte de comisaría o panfleto ideológico. O monólogo interior de Magaly Medina.
Me encantan los caviares. Me fascina su hipocresía, sus idas a la embajada de los Estados Unidos cada 4 de julio (a ver qué ayuda pescan, a quiénes saludan, ante quiénes se lucen), su banquete de palabras vacías, sus ocurrencias suicidas (como esa de inventar, a través de un cálculo aleatorio, el número de víctimas del fascismo en la época del contraterror), sus tarjetas de platino, sus discursos de tungsteno.
Pero lo que más me gusta de los caviares, más allá de algunas de sus mujeres y muchas de sus corbatas Oscar de la Renta, son sus homenajes.
Ellos sí que saben apapacharse, cubrirse de auxilios mutuos. Y, en ese aspecto, la Católica es antro consumado de homenajes a gente que no vale la pena, a farsantes que pretenden olvidar y a abogados a tanto la hora que quieren pasar por académicos del derecho.
Esto de Fernando de Trazegnies, con libro y todo, es patético.
¿A quién le rinde tributo la Católica?
¿Al Trazegnies que ahora se dice apolítico y casi neutral o al sirviente del fujimorismo que en diciembre de 1998 decía, a voz en cuello, que los derechos humanos eran “un producto del Occidente liberal” y que, por tanto, no podían imponerse a todas las culturas?
En el blog “Desde el tercer piso” se acaba de recordar algunas de sus intervenciones más rastreras:
-En junio del 2000 le decía a “La Prensa”, de Managua, que el tercer fujimorismo iba a ser “un salto hacia adelante en el fortalecimiento de las instituciones democráticas”.
-El 11 de noviembre del 2000 declaraba ante “El País”, de Madrid, que Fujimori lideraba “una transición seria, ordenada y transparente, porque si él dejara de serlo Perú podría convertirse en un caos”. Ocho días después, como lo recuerda el citado blog, Fujimori pasaba de Brunei a Tokio, desde donde enviaba, por fax, su “viril” renuncia a la presidencia de la República.
-En esa misma entrevista a “El País”, De Trazegnies se refirió así al ladrón y asesino serial que decía ser asesor presidencial y solía llamarse Vladimiro Montesinos Torres: “Montesinos ayudó mucho en la lucha contra el terrorismo, que tuvo sus excesos y errores pero que no supuso una violación de derechos...”
O sea que Martha Chávez era Evita y De Trazegnies Adán en el paraíso taboádico del fujimorismo. Y a este señor, que merecería ser entrevistado por el falso marqués Valero de Palma, es a quien la Católica, esa cuna del humanismo liberal, va a subir al podio de los ciudadanos ejemplares. Como si en la trayectoria de un catedrático y de un intelectual no pesaran sus miserias morales. Como si fuera lo mismo ser un Chocano leguiista que un Vallejo en París con aguacero. Como si la biografía de De Trazegnies se hubiese grabado sobre teflón.
Por eso es que los caviares son humoristas involuntarios de tanto éxito.
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Posdata: qué prensa tan aldeana la que tenemos. “El Comercio”, nuestro diario de exportación, no trajo ayer ni una sola línea (repito: ni una sola) sobre la muerte de Robert McNamara. “Correo” le dedicó una piltrafa interior, pero cumplió con dar la noticia. El único que dedicó un espacio razonable a tamaña desaparición fue “La República”. Todos los demás –qué pena: todos- siguieron ofreciendo el menú con hándicap de cada día. “Leches aguadas, cajamarcas crueles...”, que decía Juan Gonzalo Rose. Pobre prensa peruana. Terminará como parte de comisaría o panfleto ideológico. O monólogo interior de Magaly Medina.
martes, 7 de julio de 2009
º EL CIELO COMO CASTIGO (Diario "La Primera" 07/07/09)
A Robert McNamara, graduado en matemáticas, economía y filosofía por la universidad de Berkeley, le parecía fascinar el efecto que sobre el ánimo de las poblaciones civiles podía causar un bombardeo aéreo.
Cuando colaboró con el general Curtis LeMay, durante el último tramo de la segunda guerra mundial, se dedicó a la estadística de los vuelos aliados y descubrió que un 20% de los pilotos dejaban indemnes sus objetivos militares por no exponerse a las baterías antiaéreas que los protegían.
De modo que McNamara ajustó tuercas y tornillos y los resultados mejoraron considerablemente, aunque no tanto como él esperaba. Su fama de hombre brillante e implacable, con cuadros estadísticos siempre a la mano, empezó en esos años.
Distintos y mucho más exitosos eran los bombardeos multitudinarios, indiscriminados y anchurosos en los que McNamara tuvo alguna participación como asesor de LeMay.
Tras las enseñanzas de Dresde (35,000 civiles muertos) y Hamburgo (40,000), McNamara contribuyó con su talento de planificador a diseñar lo que sería el bombardeo ciudadano más esplendoroso que general alguno hubiese podido concebir.
Ese bombardeo fue el de Tokio y se realizó en una sola noche y madrugada: la del 9 al 10 de marzo de 1945. Trescientos treinta y cuatro bombarderos B-29 de la aviación estadounidense partieron de su base en las islas Marianas y arrojaron sobre Tokio un infierno bíblico de metralla y fósforo expansivo.
Cien mil fueron los muertos, el 95 por ciento de ellos civiles.
La orden de LeMay y de su equipo fue aquella noche la misma que se daba tratándose de ciudades japonesas: volar lo más bajo posible para evitar que los vientos del Pacífico desviaran las bombas. El bombardeo de Tokio redujo Gernika a ensayo diminuto y preparó al gobierno de Truman para el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, decisión que contó, desde luego, con la entusiasta aprobación de Curtis LeMay.
Esa experiencia en el arte sombrío de desaparecer ciudades con sus habitantes incluidos, fue muy valiosa a la hora en que Robert McNamara, luego de presidir Ford Motors, encaró el desafío de Vietnam.
Convencido de que Hanoi era Tokio y Ho Chi Minh era Tojo, McNamara, secretario de Defensa nombrado por John Kennedy en 1961, planteó que esa guerra sin ideales también se decidiría desde el aire. Y aunque el napalm era el mismo, los B-52 eran auténticas maravillas porque podían llevar 32,000 kilos de bombas en cada incursión. Y además ahora había visores nocturnos, bombas guiadas y todo lo que la naciente tecnología de la informática podía darle a la industria de la guerra.
De modo que McNamara, alentado por el presidente Lyndon Johnson, concibió, diseñó y operó la escalada de la guerra de Vietnam. Estudioso y detallista, fijó 57 blancos estratégicos situados en Vietnam del Norte –la mitad de ellos con población civil “colateral”- y los bombardeó metódicamente. Los cientos de blancos situados en territorio de Vietnam del Sur estaban fuera de la jurisdicción de McNamara y podían ser bombardeados a discreción por el general Westmoreland y sus jefes de línea.
Hay que recordar que Estados Unidos jamás le declaró la guerra a Vietnam y que fue McNamara el hombre que, en 1964, aprobó la conspiración de Tonkín, una mentira que consistió en hacerle creer a los estadounidenses que dos de sus destructores –el Maddox y el Turner Joy- habían sido atacados por torpederas norvietnamitas.
De resultas de este invento, el Congreso de los Estados Unidos dictó la llamada “Resolución del Golfo de Tonkín”, que autorizó a Johnson (y a McNamara) a proceder militarmente en contra de los vietnamitas.
Pero regresemos al tema principal, que era esa extraña capacidad de McNamara de imaginar el cielo punitivo, el diluvio infernal de la metralla. Cuando el fracaso de sus bombardeos se hizo evidente y cuando hasta su hijo, que estudiaba en Stanford, marchaba en contra de la guerra, McNamara renunció a su cargo y no fue a ningún Nuremberg sino que fue premiado con la presidencia del Banco Mundial.
Era febrero de 1968 y para entonces ya se había lanzado sobre Vietnam diez (10) millones de toneladas de bombas y 55,000 toneladas del llamado agente naranja, un defoliante que mató el 20 por ciento de los bosques de Vietnam del Norte e hizo inapto para la agricultura el 32 por ciento del territorio contiguo a la frontera entre ambos Vietnam.
Tuvieron que pasar un millón y medio de norvietnamitas muertos, 56,370 soldados estadounidenses abatidos, 18 millones de desplazados, 184,000 survietnamitas caídos en combate para que Estados Unidos empezara a aceptar su primera derrota del siglo XX.
Y todo eso se lo debemos a Robert McNamara, un hombre de muchas luces que en la Florencia de los Médicis hubiera sido amigo de Maquiavelo, pero que en los tiempos de Lyndon Johnson y del brutal imperialismo yanqui tuvo que resignarse a ser jefe del Pentágono y a planear uno de los más abultados crímenes de guerra de la historia. Que no descanse en paz.
Cuando colaboró con el general Curtis LeMay, durante el último tramo de la segunda guerra mundial, se dedicó a la estadística de los vuelos aliados y descubrió que un 20% de los pilotos dejaban indemnes sus objetivos militares por no exponerse a las baterías antiaéreas que los protegían.
De modo que McNamara ajustó tuercas y tornillos y los resultados mejoraron considerablemente, aunque no tanto como él esperaba. Su fama de hombre brillante e implacable, con cuadros estadísticos siempre a la mano, empezó en esos años.
Distintos y mucho más exitosos eran los bombardeos multitudinarios, indiscriminados y anchurosos en los que McNamara tuvo alguna participación como asesor de LeMay.
Tras las enseñanzas de Dresde (35,000 civiles muertos) y Hamburgo (40,000), McNamara contribuyó con su talento de planificador a diseñar lo que sería el bombardeo ciudadano más esplendoroso que general alguno hubiese podido concebir.
Ese bombardeo fue el de Tokio y se realizó en una sola noche y madrugada: la del 9 al 10 de marzo de 1945. Trescientos treinta y cuatro bombarderos B-29 de la aviación estadounidense partieron de su base en las islas Marianas y arrojaron sobre Tokio un infierno bíblico de metralla y fósforo expansivo.
Cien mil fueron los muertos, el 95 por ciento de ellos civiles.
La orden de LeMay y de su equipo fue aquella noche la misma que se daba tratándose de ciudades japonesas: volar lo más bajo posible para evitar que los vientos del Pacífico desviaran las bombas. El bombardeo de Tokio redujo Gernika a ensayo diminuto y preparó al gobierno de Truman para el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, decisión que contó, desde luego, con la entusiasta aprobación de Curtis LeMay.
Esa experiencia en el arte sombrío de desaparecer ciudades con sus habitantes incluidos, fue muy valiosa a la hora en que Robert McNamara, luego de presidir Ford Motors, encaró el desafío de Vietnam.
Convencido de que Hanoi era Tokio y Ho Chi Minh era Tojo, McNamara, secretario de Defensa nombrado por John Kennedy en 1961, planteó que esa guerra sin ideales también se decidiría desde el aire. Y aunque el napalm era el mismo, los B-52 eran auténticas maravillas porque podían llevar 32,000 kilos de bombas en cada incursión. Y además ahora había visores nocturnos, bombas guiadas y todo lo que la naciente tecnología de la informática podía darle a la industria de la guerra.
De modo que McNamara, alentado por el presidente Lyndon Johnson, concibió, diseñó y operó la escalada de la guerra de Vietnam. Estudioso y detallista, fijó 57 blancos estratégicos situados en Vietnam del Norte –la mitad de ellos con población civil “colateral”- y los bombardeó metódicamente. Los cientos de blancos situados en territorio de Vietnam del Sur estaban fuera de la jurisdicción de McNamara y podían ser bombardeados a discreción por el general Westmoreland y sus jefes de línea.
Hay que recordar que Estados Unidos jamás le declaró la guerra a Vietnam y que fue McNamara el hombre que, en 1964, aprobó la conspiración de Tonkín, una mentira que consistió en hacerle creer a los estadounidenses que dos de sus destructores –el Maddox y el Turner Joy- habían sido atacados por torpederas norvietnamitas.
De resultas de este invento, el Congreso de los Estados Unidos dictó la llamada “Resolución del Golfo de Tonkín”, que autorizó a Johnson (y a McNamara) a proceder militarmente en contra de los vietnamitas.
Pero regresemos al tema principal, que era esa extraña capacidad de McNamara de imaginar el cielo punitivo, el diluvio infernal de la metralla. Cuando el fracaso de sus bombardeos se hizo evidente y cuando hasta su hijo, que estudiaba en Stanford, marchaba en contra de la guerra, McNamara renunció a su cargo y no fue a ningún Nuremberg sino que fue premiado con la presidencia del Banco Mundial.
Era febrero de 1968 y para entonces ya se había lanzado sobre Vietnam diez (10) millones de toneladas de bombas y 55,000 toneladas del llamado agente naranja, un defoliante que mató el 20 por ciento de los bosques de Vietnam del Norte e hizo inapto para la agricultura el 32 por ciento del territorio contiguo a la frontera entre ambos Vietnam.
Tuvieron que pasar un millón y medio de norvietnamitas muertos, 56,370 soldados estadounidenses abatidos, 18 millones de desplazados, 184,000 survietnamitas caídos en combate para que Estados Unidos empezara a aceptar su primera derrota del siglo XX.
Y todo eso se lo debemos a Robert McNamara, un hombre de muchas luces que en la Florencia de los Médicis hubiera sido amigo de Maquiavelo, pero que en los tiempos de Lyndon Johnson y del brutal imperialismo yanqui tuvo que resignarse a ser jefe del Pentágono y a planear uno de los más abultados crímenes de guerra de la historia. Que no descanse en paz.
sábado, 4 de julio de 2009
º LEÓN EN SU CASA (Diario "La Primera" 04/07/09)
El problema no es que Rómulo León Alegría haya pasado de la cárcel real a la cárcel simbólica de su domicilio.
El problema es que el juez prevaricador y cómplice que sigue el caso, y que a todas luces obedece a intereses apristas, ha hecho todo lo posible para que el proceso no avance, la leonina computadora no sea abierta ni descifrada y los daños colaterales del Caso Petroaudios no se produzcan.
Porque esos daños colaterales no tienen nada de colaterales y podrían ser, más bien, centralmente palaciegos y nuclearmente alanistas. Total, ¿no era Nava quien hablaba con León sobre lo que quería Canaán? ¿No estuvo Canaán en Palacio después de declararse el financiador de la campaña para el 2011 de Jorge del Castillo?
Lo que quiere decir todo esto de León Alegría es que el Apra vuelve a hacer ostentación grosera de su dominio de la judicatura y de su peso decisivo en esta república contraria a Montesquieu.
Los que dicen que Rómulo León merecía salir de la cárcel porque ya estaba bueno eso de permanecer en ella sin acusaciones formales parecen olvidar que la responsabilidad de eso la tuvo y la tiene el juez Barreto, que tiene apellido de búfalo y conducta de fan de Alfonso Ugarte.
La figura es esta: te tengo preso pero no te acuso, congelo el expediente, cambio de jueza y de fiscal, apelo a los trucos más sucios del hampa judicial, desobedezco al mismísimo abogado del acusado que me pide abrir el CPU de la computadora, rechazo a los peritos nombrados por el Colegio de Ingenieros y le pido a la Universidad de Ingeniería que nombre a otros, etcétera, etcétera, etcétera.
Entonces, claro, creo las condiciones para que una sala especial de la Corte Superior, corte presidida por el compañero Vega Vega, decrete la excarcelación del sujeto que se jactaba en un audio, precisamente, de sus influencias en el poder judicial.
Mientras tanto, las sobras color rosa de un crimen folclórico –folclórico sobre todo por el empleo de la puñalada por la espalda- ha entretenido a la prensa, ha subido las sintonías, ha obligado a “El Comercio” a pelear en el barro, y hasta Michael Jackson ha servido para que el Congreso, sobornando a cinco congresistas, logre que el gabinete cadavérico “pase la prueba” de la censura.
De modo que un “premier” que pregona su renuncia en público se siente respaldado por un Congreso que hace tiempo sólo produce náuseas.
Todo lo suficientemente depravadillo y cochino como para recordarnos aquel quinquenio en el que los ministros robaban, los jefes de Enci robaban, los mandamases del Ice robaban, los directores del BCR robaban, los altos mandatarios robaban, y Bettino Craxi metía sus narices empolvadas en los asuntos del tren fantasma. ¡Qué tiempos aquellos!
El problema es que el juez prevaricador y cómplice que sigue el caso, y que a todas luces obedece a intereses apristas, ha hecho todo lo posible para que el proceso no avance, la leonina computadora no sea abierta ni descifrada y los daños colaterales del Caso Petroaudios no se produzcan.
Porque esos daños colaterales no tienen nada de colaterales y podrían ser, más bien, centralmente palaciegos y nuclearmente alanistas. Total, ¿no era Nava quien hablaba con León sobre lo que quería Canaán? ¿No estuvo Canaán en Palacio después de declararse el financiador de la campaña para el 2011 de Jorge del Castillo?
Lo que quiere decir todo esto de León Alegría es que el Apra vuelve a hacer ostentación grosera de su dominio de la judicatura y de su peso decisivo en esta república contraria a Montesquieu.
Los que dicen que Rómulo León merecía salir de la cárcel porque ya estaba bueno eso de permanecer en ella sin acusaciones formales parecen olvidar que la responsabilidad de eso la tuvo y la tiene el juez Barreto, que tiene apellido de búfalo y conducta de fan de Alfonso Ugarte.
La figura es esta: te tengo preso pero no te acuso, congelo el expediente, cambio de jueza y de fiscal, apelo a los trucos más sucios del hampa judicial, desobedezco al mismísimo abogado del acusado que me pide abrir el CPU de la computadora, rechazo a los peritos nombrados por el Colegio de Ingenieros y le pido a la Universidad de Ingeniería que nombre a otros, etcétera, etcétera, etcétera.
Entonces, claro, creo las condiciones para que una sala especial de la Corte Superior, corte presidida por el compañero Vega Vega, decrete la excarcelación del sujeto que se jactaba en un audio, precisamente, de sus influencias en el poder judicial.
Mientras tanto, las sobras color rosa de un crimen folclórico –folclórico sobre todo por el empleo de la puñalada por la espalda- ha entretenido a la prensa, ha subido las sintonías, ha obligado a “El Comercio” a pelear en el barro, y hasta Michael Jackson ha servido para que el Congreso, sobornando a cinco congresistas, logre que el gabinete cadavérico “pase la prueba” de la censura.
De modo que un “premier” que pregona su renuncia en público se siente respaldado por un Congreso que hace tiempo sólo produce náuseas.
Todo lo suficientemente depravadillo y cochino como para recordarnos aquel quinquenio en el que los ministros robaban, los jefes de Enci robaban, los mandamases del Ice robaban, los directores del BCR robaban, los altos mandatarios robaban, y Bettino Craxi metía sus narices empolvadas en los asuntos del tren fantasma. ¡Qué tiempos aquellos!
viernes, 3 de julio de 2009
LA QUINTA RUEDA (Diario "La Primera" 03/07/09)
No sé en qué año de qué década de cuál siglo ocurrió. Lo que sí sé es que ocurrió. Ocurrió que la prensa dejó de ser el cuarto poder para convertirse en la quinta rueda.
¿Fue porque era muy caro investigar y había que reducir costos, como proponen algunos ingenuos?
¿Fue porque el público había dejado de ser aquella masa urgida de información y conocimientos que irrumpió en la historia a comienzos del siglo XIX?
Lo cierto es que ocurrió.
Y hoy asistimos al panorama mundial de una prensa en crisis.
Algunos pretenden decir que la crisis la ha traído el Internet. No es así. Y no es así porque los contenidos de la red reflejan los mismos problemas que aquejan a la prensa tradicional: banalidad, sesgo ideológico, una buena dosis de indigencia intelectual, intromisión de la opinión en la información.
Por lo tanto, si la prensa tradicional y el Internet han contraído la misma enfermedad es que el paciente es el concepto mismo del periodismo.
Y el primer problema de un paciente es aceptar que es paciente y no médico.
Y eso es algo que el gremio periodístico no aceptará fácilmente.
Habrá que decirlo: el drama mayor de la prensa lo aportan los periodistas.
Y en la prensa peruana eso ya no es sólo evidente sino clamoroso.
Convertidos en empleados de sus dueños y en voceros de intereses que ni por asomo representan, miles de periodistas peruanos se han dedicado al arte de sobrevivir.
Y si para sobrevivir deben manipular la información, alterar los hechos, construir investigaciones difamatorias y a ratos canallas, pues lo hacen con tal de recibir –a veces con retrasos humillantes- la maldita quincena de Fausto.
Y si para sobrevivir deben aceptar que los dueños del medio impongan sus listas negras de réprobos y sus listas blancas de intocables, pues las aceptan.
Y si para sobrevivir deben olvidarse de todo lo que realmente importa y dedicarse al oficio de embrutecer al público –un oficio que antes cumplían las dictaduras y las radionovelas-, pues se olvidan.
Hay excepciones, claro. Son ellas las que justifican seguir comprando periódicos y viendo algo de televisión y escuchando una poca radio.
Pero la regla general es el escapismo y la desinformación. El principio de la mayor parte de la prensa actual es no tener principios sino publicidad, rating, mercadeo de chucherías que acompañan cada edición.
Según las últimas cifras creíbles, proporcionadas por una empresa dedicada al menester de medir lectorías y audiencias, el diario de más éxito en el Perú se llama “Trome”, un periódico que jamás habría podido concebir don Luis Miró Quesada de la Guerra –el último director histórico de “El Comercio”-.
Eso lo dice todo. Pero ese fenómeno no es sólo peruano.
En otros países, quizá con menos alegría suicida, está sucediendo lo mismo: la gran prensa abandona los grandes temas para ocuparse de la crítica menuda, de la contestación secundaria; un simulacro de descontento quiere hacerse pasar por cuestionamiento, un aplazamiento crónico de la agenda que realmente podría interesar se convierte en norma de conducta. La homogenización “liberal” del mundo exige la pasteurización de la prensa de masas. O sea que está permitido decir que los bancos estadounidenses recibieron demasiados auxilios financieros. Lo que no se puede decir es que el modelo, el sistema, la concepción raigal del desarrollo basado en el frenesí del consumo resultan ya insostenibles. Se puede decir que la orquesta estuvo mal. Pero nadie puede meterse con la idiota y criminal partitura que nos ha llevado a poner en riesgo el planeta.
En este mundo sin utopías, la prensa ha oficiado de sicaria. Y ha llegado a ser, como lo demuestra el día a día, cajón de sastre de odios ínfimos, anécdotas de marginales, basura colorida, cadáveres en el asfalto. Todo con tal de no hablar del gran asunto: el delicado asunto del dinero.
Del dinero que ata, que amordaza y que esclaviza. Una prensa con cada día menos lectores –las excepciones peruanas son “Trome”, “Ajá” y “El Popular”- tiene que vivir de la publicidad. Y la publicidad condiciona, aunque ésta sea una verdad que la mayor parte de los periodistas tratará de negar.
Y si no es la publicidad, será el dinero negro, el subsidio remoto, el raro mecenazgo...o la quiebra y el cierre. No hay más opciones.
Bueno, hay otra: la de pagar sueldos miserables y con retraso (cuando no en cuotas y sin gratificaciones). Pero lo que se logra con eso es un periodismo ideológico e informativamente desarmado.
Muchos periodistas peruanos son capaces de contar con bríos y talento las cuitas de otros. Pero alguna vez deberían de contarnos las suyas: las presiones del poder económico, las amistades contaminantes, las planillas que cubrir, la letra pequeña de la publicidad. En suma, lo difícil que resulta mantener la independencia y mirar de frente al verdadero patrón de la prensa: el interés público.
¿Fue porque era muy caro investigar y había que reducir costos, como proponen algunos ingenuos?
¿Fue porque el público había dejado de ser aquella masa urgida de información y conocimientos que irrumpió en la historia a comienzos del siglo XIX?
Lo cierto es que ocurrió.
Y hoy asistimos al panorama mundial de una prensa en crisis.
Algunos pretenden decir que la crisis la ha traído el Internet. No es así. Y no es así porque los contenidos de la red reflejan los mismos problemas que aquejan a la prensa tradicional: banalidad, sesgo ideológico, una buena dosis de indigencia intelectual, intromisión de la opinión en la información.
Por lo tanto, si la prensa tradicional y el Internet han contraído la misma enfermedad es que el paciente es el concepto mismo del periodismo.
Y el primer problema de un paciente es aceptar que es paciente y no médico.
Y eso es algo que el gremio periodístico no aceptará fácilmente.
Habrá que decirlo: el drama mayor de la prensa lo aportan los periodistas.
Y en la prensa peruana eso ya no es sólo evidente sino clamoroso.
Convertidos en empleados de sus dueños y en voceros de intereses que ni por asomo representan, miles de periodistas peruanos se han dedicado al arte de sobrevivir.
Y si para sobrevivir deben manipular la información, alterar los hechos, construir investigaciones difamatorias y a ratos canallas, pues lo hacen con tal de recibir –a veces con retrasos humillantes- la maldita quincena de Fausto.
Y si para sobrevivir deben aceptar que los dueños del medio impongan sus listas negras de réprobos y sus listas blancas de intocables, pues las aceptan.
Y si para sobrevivir deben olvidarse de todo lo que realmente importa y dedicarse al oficio de embrutecer al público –un oficio que antes cumplían las dictaduras y las radionovelas-, pues se olvidan.
Hay excepciones, claro. Son ellas las que justifican seguir comprando periódicos y viendo algo de televisión y escuchando una poca radio.
Pero la regla general es el escapismo y la desinformación. El principio de la mayor parte de la prensa actual es no tener principios sino publicidad, rating, mercadeo de chucherías que acompañan cada edición.
Según las últimas cifras creíbles, proporcionadas por una empresa dedicada al menester de medir lectorías y audiencias, el diario de más éxito en el Perú se llama “Trome”, un periódico que jamás habría podido concebir don Luis Miró Quesada de la Guerra –el último director histórico de “El Comercio”-.
Eso lo dice todo. Pero ese fenómeno no es sólo peruano.
En otros países, quizá con menos alegría suicida, está sucediendo lo mismo: la gran prensa abandona los grandes temas para ocuparse de la crítica menuda, de la contestación secundaria; un simulacro de descontento quiere hacerse pasar por cuestionamiento, un aplazamiento crónico de la agenda que realmente podría interesar se convierte en norma de conducta. La homogenización “liberal” del mundo exige la pasteurización de la prensa de masas. O sea que está permitido decir que los bancos estadounidenses recibieron demasiados auxilios financieros. Lo que no se puede decir es que el modelo, el sistema, la concepción raigal del desarrollo basado en el frenesí del consumo resultan ya insostenibles. Se puede decir que la orquesta estuvo mal. Pero nadie puede meterse con la idiota y criminal partitura que nos ha llevado a poner en riesgo el planeta.
En este mundo sin utopías, la prensa ha oficiado de sicaria. Y ha llegado a ser, como lo demuestra el día a día, cajón de sastre de odios ínfimos, anécdotas de marginales, basura colorida, cadáveres en el asfalto. Todo con tal de no hablar del gran asunto: el delicado asunto del dinero.
Del dinero que ata, que amordaza y que esclaviza. Una prensa con cada día menos lectores –las excepciones peruanas son “Trome”, “Ajá” y “El Popular”- tiene que vivir de la publicidad. Y la publicidad condiciona, aunque ésta sea una verdad que la mayor parte de los periodistas tratará de negar.
Y si no es la publicidad, será el dinero negro, el subsidio remoto, el raro mecenazgo...o la quiebra y el cierre. No hay más opciones.
Bueno, hay otra: la de pagar sueldos miserables y con retraso (cuando no en cuotas y sin gratificaciones). Pero lo que se logra con eso es un periodismo ideológico e informativamente desarmado.
Muchos periodistas peruanos son capaces de contar con bríos y talento las cuitas de otros. Pero alguna vez deberían de contarnos las suyas: las presiones del poder económico, las amistades contaminantes, las planillas que cubrir, la letra pequeña de la publicidad. En suma, lo difícil que resulta mantener la independencia y mirar de frente al verdadero patrón de la prensa: el interés público.
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